miércoles, 7 de noviembre de 2012

La derrota


Tienen razón para la ira. Le sobran las causas. Los motivos son fuertes y no son pocos. El exilio de ultraderecha de Miami. El exilio a secas. Para muchos y en muchas partes del mundo. El exilio que por años ha definido la imagen y la ideología de la comunidad cubana en el sur de la Florida, y que tuvo el logro histórico de imponer cara, conducta y pensamiento de forma definitiva. Porque crece por días la evidencia de que el exilio no se transforma sino se destruye, se acaba, perece. Ese exilio, ha sufrido una enorme derrota.
El fracaso tiene dos rostros. Uno es el más inmediato, por años ha perseguido a quienes viven en Miami, y es la incapacidad de participar en esa desaparición pausada del castrismo, que como en una visión macabra del Gato de Cheshire tiene la voluntad de aparecer y desaparecer a conveniencia, y siempre consigue dejarnos la presencia de su mueca.
Otro es el  principio del fin de ese juego ⎯lucrativo en algunos, satisfactorio en las emociones para muchos, entretenido a los ajenos⎯ en que la política internacional del país más poderoso del planeta parecía estar subordinada a los empeños de un grupo, las disputas de una ciudad, hasta el capricho de un sector de electores. Recalcar la palabra juego. Nunca en realidad Miami fue tan determinante, pero casi siempre se le hacía creer eso y los exiliados estaban contentos.
Lo sucedido en esta elección es bien sencillo. Obama nunca los tomó en cuenta. No quiso ganárselos como en la ocasión anterior y simplemente los dio por perdidos. A Romney sí no le quedaba más remedio que tomarlos en cuenta, aunque lo hizo a medias y nunca fue el favorito de una parte de ese exilio que al  principio abrazó calurosamente a Gingrich.
Esta es, sin embargo, solo la mitad de la película. Aunque siempre hubo un esfuerzo para tratar de acomodar a Romney en lo personal, como estereotipo siempre representó el ideal del exilio: la vuelta a los años cincuenta del pasado siglo, su familia como la portada perfecta de las revistas de entonces o de la Hola de ahora, lo que no es lo mismo pero es igual.
Así que, tras una pequeña sacudida con aquel triunfo de Obama, venía ahora este empresario a poner las cosas en su puesto, y además religioso, no importa que fuera de una secta  por completo ajena al cubano. Lo importante es que era blanco, rico y anticomunista. Ah, y tampoco le gustaba Europa, y eso también valía.
Lo que no entendía, lo que ahora tampoco va a entender ese exilio, es que las cosas en Estados Unidos han cambiado. De forma definitiva. Un hombre de la raza negra, con un origen étnico no solo mixto sino complicado, puede llegar a la presidencia de este país. No solo eso. Ser reelegido también. Y ese hombre es además inteligente, carismático y popular, pero no populista, y durante sus años de estudiante hizo cosas que al exilio de Miami le pueden resultar muy extrañas ⎯y hasta peligrosas⎯ como escribir un trabajo sobre T.S. Eliot.
Nada curioso entonces que se sienta con tanta fuerza la derrota de Romney. No por el político, que pronto comenzarán a criticar con ahínco, sino por lo que representaba. Casi el fin de una ilusión.
Mundos paralelos que se repiten. Si cada vez más Raúl Castro está transformando a la isla en un país de buhoneros, como afirma Roberto Madrigal, y “logrando el imposible de convertir el colorido, de giros violentos, impredecible, proceso cubano, en uno de los países más aburridos del planeta”, al decir de Norberto Fuentes, en Miami el triunfo de Obama deja a los exiliados “verticales” con un sabor de impotencia. Eso de, les pasaron la bola por delante y no la vieron.