domingo, 21 de diciembre de 2014

Del familiar al ciudadano


Para los que llevamos décadas viviendo en este país, la elección al salir de Cuba fue fácil y difícil al mismo tiempo: empezar de nuevo. De una forma u otra todos lo hicimos. El restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos cambia esta ecuación.
Puede que no tanto en lo personal, y seguramente no en muchos recuerdos. Hace poco, una miniserie de televisión alemana me recordó a Cuba. En una escena de Unsere Mütter, Unsere Väter una mujer recibe una visita inesperada y desagradable en su nuevo apartamento. Una muchacha llega preguntando por quienes vivían allí antes. Contesta altiva y acusadora. Quién es esa que se interesa por los judíos que ella nunca vio, pero a los que despojaron de la vivienda donde ahora sobrevive con varios hijos, mientras su marido se encuentra en el frente. La escena se repite luego tras la caída de Berlín, solo que quien viene ahora es el hijo de esos judíos que seguramente murieron en un campo de concentración. De amenazadora, la mujer ha pasado a estar temerosa, a ignorar cualquier conocimiento del pasado. De interrogadora pasa a ser interrogada. Y no responde. Simplemente niega
Todo el que vivió en Cuba y tuvo que dejar su casa, sus muebles, hasta sus platos y cubiertos sin esperanza de recuperarlos, conoce bien las dos escenas.
No se repetirán ahora en la isla, pero surgirán temores. Luego de la euforia inicial, que parece vivirse en Cuba ante la falsa ilusión de que un anhelado levantamiento del embargo/bloqueo resolverá todos los problemas, vendrá la realidad: surgirán otros y saldrán a relucir algunos que por años han acechado o casi desaparecido.
No, no es lo mismo, La Habana no ha “caído”. El esperado inicio de conversaciones para restablecer vínculos diplomáticos se producirá con el mismo gobierno que tomó el poder el 1ro. de enero de 1959 y con igual sistema imperante a 90 millas en esa fecha. No es un encuentro entre nuevos amigos, sino entre viejos enemigos, quizá ya cansados y también transmutados. Y así y todo, nada será igual.
En primer lugar porque se pasará del ámbito familiar al ciudadano. Hasta ahora ha sido la familia el factor que viene definiendo esa porosidad fronteriza, que ha convertido a Miami en una especie de puesto de abastecimiento para la isla, donde el exilio —en su caracterización ideológica— se ha estado diluyendo, tiende a desaparecer, aunque perduran tanto las causas que les dieron razón de ser como las que hacen que en la actualidad continúe.
Entre ese existir —y el aprovecharse de las leyes y medidas que lo facilitan aquí en Estados Unidos— y la desvirtualización de sus supuestos objetivos primarios se define este instante aquí y en Cuba.
Lo más socorrido es decir entonces que se ha producido una transformación, en la que más que hablar de un exilio activo hay que mencionar que se trata de una emigración.
Añadir que esta emigración cada vez más se asemeja a la que por muchas décadas han realizado quienes llegan a este país en busca de una mejor vida, no importa si desde México, Centroamérica u otro país. No se debe condenar a nadie que intente mejorar su vida, sobre todo si uno hizo lo mismo antes.
Pero esta explicación adolece de un problema, y es que enmascara el hecho de que el éxodo cubano continúa respondiendo a razones políticas. Al igual que La Habana, Washington actúa de acuerdo a sus intereses: mantener una estabilidad social y política, forzada en ambas costas.
En este punto todos, cubanos de aquí y de allá, han optado en común por la válvula de escape, como solución a los problemas cotidianos. En la isla se prefiere pedir ayuda a los parientes antes que enfrentar cualquier protesta, simple pero no exenta de consecuencias. En el exilio se vuelve, pero no se regresa.
Lo que busca el presidente Barack Obama es cambiar en cierto sentido esa ecuación, no en el ámbito político sino social y económico. Permitir que la ayuda para el establecimiento de ese pequeño negocio familiar, o la forma en que puedan lograrse los medios para ejercer un oficio no dependan solo de la familia —aunque en buena medida seguirá siendo así en cuanto al aporte de capital inicial— sino de la propia iniciativa ciudadana. Sentar las bases para que el individuo se independice no solo del Estado sino también de la familia. Es un esfuerzo saludable y que merece todo el apoyo, porque en la medida que la persona sea independiente de la familia, también esta en el exterior dejará de ser rehén del gobierno cubano, como hasta ahora.
Una normalización de relaciones traerá cambios —más o menos rápidos— que ni siquiera se comienzan a vislumbrar de momento.
El más importante e inmediato de estos cambios es que —cuando comience a marchar el proceso— uno de los temas a debatir será el de la repatriación de miles de cubanos residentes en Estados Unidos, que en estos momentos no pueden ser deportados, ya que el gobierno cubano se niega a admitirlos, salvo en algunos casos.
Otros cambios, entre muchos, tendrán que ver con el establecimiento de normas —de cumplimiento obligatorio por ambos países— que tienen que ver con cuestiones que van desde los derechos de autor hasta el refugio. No más piratería de películas en ambas costas, pero también: ¿hasta cuándo sobrevivirá la Ley de Ajuste Cubano?
A todas esas interrogantes se une la necesidad de conversaciones entre los dos países, para definir los derechos en la isla de quienes nacieron en Cuba, pero hoy son ciudadanos estadounidenses.
Se dirá que este es un problema que atañe solo a la parte cubana. A partir de que el país no admite la doble ciudadanía y continúa considerando cubanos a todos los que nacieron allí.
Es cierto, es un problema del gobierno cubano, que de momento no ha mostrado la menor intención de resolver. En un mundo cada vez más globalizado, el régimen de La Habana se encierra en un concepto de nacionalismo decimonónico, propio a su conveniencia.
El nacer en Cuba implica una serie de responsabilidades —dicen desde Cuba y repite aquí su coro de seguidores—, y bajo el mantra de la “patria” hay que defender, respetar y contribuir en favor de algo que no es patria ni Estado, sino simplemente gobierno y en última instancia un apellido: Castro.
Al igual que el gobierno cubano lleva años aprovechándose de la priorización de los valores familiares entre sus residentes aquí y allá —en un cambio a conveniencia del rechazo inicial de la familia frente al Estado, por otro en que la familia debe colocarse en beneficio de este y no a la inversa— ha convertido a la patria en una especie de madre o padre a la que siempre hay que servir, obedecer y ayudar, por deber elemental filial, no importa las boberías que diga, más si se ha deteriorado con el inevitable paso de los años.
Solo que quienes ahora son estadounidenses por adopción, no se caracterizan simplemente como hijos de Cuba, aunque la nación de origen aparezca en el pasaporte, sino son ciudadanos con plenos derechos. Y el deber del país de adopción es reclamar por esos derechos.
Ese reclamo corresponde a Washington. Va más allá de la decisión personal que se adopte, ya sea no visitar Cuba con un pasaporte cubano —porque ya no se es cubano a los efectos legales en cualquier parte del mundo— o pasar por alto ese “detalle”, porque otros factores pesan más: desde deseos hasta necesidades familiares.
En este sentido, y como ciudadano norteamericano, las obligaciones y derechos son otros. Cuba no debe ser una excepción, porque es un derecho como estadounidense y no un deber por haber nacido en la isla.
Lo que llama la atención es que este tipo de reclamo no se formule en el exilio, donde aún se vive bajo el encierro de la arcadia del pasado; en esa dicotomía anti-pro que cada vez define menos. Si realmente se ha iniciado una nueva era y ha caído el último reducto de la guerra fría en el Hemisferio, el futuro tiene que establecerse también por los derechos, no solo de los cubanos. sino también de los que ahora son norteamericanos. Simplemente para tenerlos, ni siquiera para usarlos. 

No todos los legisladores republicanos tiene igual posición frente al régimen cubano


Uno de los comentarios que con mayor fuerza han repetido legisladores cubanoamericanos y sus simpatizantes en estos últimos días ha sido que los esfuerzos por normalizar las relaciones con el gobierno cubano, anunciadas por el presidente Barack Obama, serán neutralizadas cuando tome posesión el nuevo congreso dominado por los republicanos.
Con independencia de la posible batalla legal y política entre el poder legislativo y ejecutivo, se ha tratado de brindar una imagen de unanimidad, por parte de los republicanos, en contra de un cambio en la relación con el régimen de La Habana. Solo la congresista Ileana Ros-Lehtinen ha mostrado una mayor cautela en este sentido.
La realidad, sin embargo, es otra. Aunque es indiscutible que hay muchos legisladores republicanos en contra de la posición de Obama sobre el tema cubano —y por añadidura de cualquier cosa que haga el Presidente, desde tomarse un helado a irse de vacaciones—, también hay otros que en este punto específico no se aferran a un enfoque hostil.
La cuestión clave en el asunto es que hasta el momento nadie se había atrevido a mover ficha. Ahora la situación ha cambiado. No se trata simplemente de un acuerdo de momento. Lo que se acaba de conocer, y se mantuvo en un absoluto secreto durante año y medio, es que Cuba ha sido una prioridad del gobierno de Obama, aunque por tiempo se pensó que la urgencia de otros asuntos había relegado a la isla al final de la lista de asuntos pendientes.
Lo que se conoció el 17 de diciembre fueron los primeros resultados de un esfuerzo que empezó en 2009, con la llegada de Obama a la Casa Blanca, pero que no tomó fuerza hasta su segundo y último mandato, cuando se autorizó el inicio de las negociaciones. Tras salir reelegido en las presidenciales de 2012, el mandatario estadounidense situó Cuba como una de las prioridades de su política exterior. Así que ahora su gobierno se va lanzar en este objetivo con fuerza, rapidez y lo más profundo que pueda. Esto, por supuesto, abre una especie de caja de Pandora, que ha permanecido tapada por demasiados años.
Por otra parte, la situación internacional e interna de Estados Unidos no puede ser más propicia para el cambio. Tanto el gobierno de La Habana ha estado ganando terreno en el área diplomática —sobre todo en América Latina, pero en Europa también—, como ha sido incapaz de despegar en el terreno económico. El gobernante Raúl Castro acaba de decir, en el acto de clausura de la última sesión anual de la Asamblea Nacional cubana el sábado, que el mejoramiento de la economía continúa siendo “la asignatura pendiente” de su gobierno.
En EEUU, por otra parte, la situación viene a ser en cierto sentido la contraria. Si bien en lo que respecta a Latinoamérica Washington se ha visto aislado en su posición respecto a Cuba — en la Cumbre de la Américas, que se celebró en Colombia en abril de 2012, hasta aliados como México y Colombia le dijeron claramente que estaban en contra del embargo y a favor de invitar a la isla al próximo encuentro—. desde el punto de vista económico hoy es más claro que nunca que es el único “salvavidas” a que puede aferrarse la deteriorada economía cubana. A ello se agrega que en estos momentos EEUU ha vuelto a situarse a la cabeza del mundo democrático en el terreno económico, con un crecimiento sostenido y muy por encima de Europa. Ello hace que hay capital estadounidense dispuesto a invertirse en nuevos mercados, y el más cercano está a 90 millas.
Así que los intereses de granjeros y empresarios de EEUU, que en buena medida constituyen la base de sustentación del Partido Republicano, volverán el próximo año a mostrarse favorables a una ampliación del comercio con Cuba.
Dentro de este panorama, se tendrá que analizar la posición que asumirán muchos legisladores federales, no limitados a una simple agenda de confrontación local sino todo lo contrario: comprometidos con la posibilidad de negocios para sus estados y distritos.
Hay ya, de hecho, varios legisladores republicanos que no favorecen una actitud de hostilidad hacia el gobierno de La Habana.
El primero es, por supuesto, el senados por Arizona Jeff Flake, que acompañó a Alan Gross en el avión de regreso a su patria.
Flake ha sido el patrocinador de una legislación que busca eliminar las limitaciones de los viajes de estadounidenses a Cuba, junto con el senador Ron Paul , republicano por Texas. Ambos favorecen poner fin al embargo.
Se debe recordar, una vez más, que Estados Unidos no prohíbe a sus ciudadanos viajar a Cuba, porque constitucionalmente no puede hacerle, ya que ambos países no están en guerra, sino “gastar dinero” en la isla. Acabar con esta medida, que se ha ido debilitando cada vez, requiere la aprobación del Congreso, gracias a la Helms-Burton, pero no es tan difícil como echar abajo el embargo.
El legislador Jason Chaffetz, republicano por Utah, será el próximo presidente de la comisión de Supervisión y Reformas Gubernamentales de la Cámara de Representantes. Considera que la actual prohibición de viajes para los norteamericanos es “ridícula”.
El republicano Mark Sanford, por Carolina del Sur, ha dicho que introducirá una propuesta de ley similar a la de Flake.
La lista podría estar aumentado. Flake considera que hay otros legisladores republicanos que apoyan una lenta normalización de las relaciones con el gobierno de la isla.
Pero si bien es cierto que hay legisladores republicanos favorables a una flexibilización de los vínculos con La Habana, también lo contrario ocurre en el campo demócrata, y aquí el ejemplo es el senador Bob Menéndez, por Nueva Jersey.
Solo que la cuestión más omitida por los legisladores cubanoamericanos, al hablar sobre el cambio del Senado a favor de los republicanos, es que dicho cambio puede resultar desfavorable al mantenimiento de una línea agresiva frente a La Habana. Es decir, nada supera en este sentido la salida de Menéndez de la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado.
La entrada del senador Marco Rubio a la presidencia de una subcomisión de Relaciones Exteriores no es comparable con el peso que ha tenido Menéndez en dicho campo. Aquí las diferencias entre republicanos y demócratas no cuentan, y lo que importa es que, por su historial —entre otros aspectos, por haber sido presidente de la Comisión para las Campañas Senatoriales Demócratas, al igual que en su momento Robert Torrichelli—  experiencia e influencia es un verdadero “peso pesado” entre los defensores de la línea en favor del embargo.

Nada hace esperar entonces que las discusiones del próximo año dentro del poder legislativo estadounidense, sobre el relanzamiento de los vínculos con el gobierno de la isla, van a ser definidas simplemente de acuerdo a estrechas líneas partidistas, sino que influirán muchos más factores.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Cálculos


Más de cuarenta organizaciones de exiliados cubanos y de opositores en la isla se reunieron el sábado en Miami para expresar su disgusto con las medidas de normalización de las relaciones bilaterales anunciadas por el presidente Barack Obama, informa El Nuevo Herald.
El diario en español omite el dato elemental del número de participantes, pero su contraparte en inglés sí lo trae.
“Alrededor de 250 personas se reunieron en el Parque José Martí en La Pequeña Habana para protestar por la reanudación de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos“, precisa el reportaje de Joey Flechas y Melhor Marie Leonor en The Miami Herald.
Si comparamos las cifras de ambas publicaciones, vienen a dar algo así como algo más de seis participantes por cada organización.

Lo demás queda a las especulaciones.: ¿por qué encabezar una información con la cifra de cuarenta organizaciones y luego no ofrecer el dato de número de participantes?

Historia de dos hermanas


Un mensaje llega desde La Habana: “Hoy Cuba está feliz. Raúl Castro y Barack Obama hablaron del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países. Pienso que pronto se abolirá el bloqueo y los cubanos podremos vivir un poco mejor”. El otro desde Nueva Jersey: “Hoy me siento muy triste. Tenía la esperanza de que cuando Venezuela no pudiera ayudar más a los Castro, Cuba se vería libre del azote comunista. Y ahora Obama le acaba de tirar un salvavidas al tirano. Qué bajo ha caído este país”. Dos cartas, dos mundos, un abismo. Y sin embargo, se trata de dos hermanas o dos primas o dos amigas de infancia que se quieren y se apoyan mutuamente.
Dos espacios imaginarios recorren ambos extremos del estrecho de la Florida. Se acumulan mitos, fantasías, anhelos. ¿Cuánto sobrevive en la isla la creencia de que el bloqueo/embargo es la madre de todas las dificultades? ¿Quienes creen en la miseria económica como el arma perfecta para lograr la salida de los Castro del poder? ¿Alguien confía aún en un cambio del partido en el gobierno, no en la isla sino en Estados Unidos, como una solución cubana?
Ampararse en la ilusión de que en Cuba la democracia está a la vuelta de la esquina, ya sea porque se agotan los recursos de la ayuda venezolana, o por pequeñas protestas esporádicas, es pecar de iluso. Ni el reloj biológico ni el precio del crudo deben servir de fundamento para decidir o esperar el futuro. La realidad es que cada vez más, quienes viven en Cuba y en el exilio, responden a otras expectativas. No a clichés agotados.
Hay dos planos de realidad superpuestos, que a un tiempo definen y emborronan la imagen del caso cubano. Uno está formado por eternas discusiones, análisis, dichos y desdichos (esta columna, por supuesto, no escapa a ese entorno). Otro rehúye de la retórica y desprecia el discurso: no ensaya la afirmación verbal sino el gesto. Curioso que en una nación tan caracterizada por la verborrea de sus habitantes, ellos recurran con tanta frecuencia a las acciones, para expresarse mejor que con las palabras: votar con los pies es el mejor ejemplo. Para otros países, un balsero cuenta más que mil discursos disidentes, a la hora de tomar decisiones sobre La Habana. El aumento creciente del éxodo no es sólo otra señal de alarma, sino define la respuesta.
Si los mensajes del comienzo marcan dos actitudes distintas, en la práctica se ha impuesto la conducta sobre el verbo. Y la conducta en estos momentos se define por los viajes, los envíos y las remesas, que han sustituido a la agresividad anterior: los ataques y atentados. ¿Madurez o agotamiento? Una mezcla de ambos. La lucha civilista es un logro, pero debe fundamentarse en su independencia, no en los dictados de Washington o un exilio que paga.
Si la oposición dentro de la isla es casi un 90 por ciento verbal (declaraciones, planes, proyectos, anuncios, entrevistas) y un 10 por ciento activa (protestas), en esta ciudad la reacción primera al inicio del restablecimiento de relaciones entre Washington y La Habana se ha caracterizado por una algarabía irritada, breve y poco numerosa. En todas otras partes, el  hecho ha sido saludado con entusiasmo.
Unos cuantos manifestantes en el lugar de siempre, con las mismas palabras, carteles y gritos. Economía de medios y recursos. Tacañería de esfuerzo. Todo ello en días radiantes y poco calurosos. Imaginar que hubiera sucedido con lluvias.
No hay duda que el anticastrismo vertical ha vivido épocas más felices en esta ciudad. Los días en que “luchábamos por Elián” son un pasado lejano.
Los límites de la acción han llevado a ese exilio, en otra época beligerante, a refugiarse en el negativismo.
Esa actitud encierra una motivación irracional: el negarse a aceptar lo que ha dictado un presidente democráticamente electo y con un mandato definido.
En este sentido, ha salido a relucir una y otra vez el poder del Congreso, no en su función legislativa sino convertido, para la ilusión exiliada, en un poder ejecutivo. El consuelo del instante es que todo lo anunciado por el presidente Barack Obama cuenta poco, a partir de que el próximo año el Congreso echará por tierra cualquier cambio.
Sin embargo, como dijo Lyndon B. Johnson, la presidencia sirve para algo. Quienes ahora invocan el poderío del Congreso, no deben olvidar que en esta nación gobierna el presidente.
Más allá de la mencionada respuesta emocional —de signo contrario en Cuba y en el exilio—, se ha pasado por alto que, más que un cambio de política hacia el régimen, lo que se ha establecido es una nueva estrategia dentro de esa misma política.
Obama ha hecho lo necesario, imprescindible e inevitable: convertir al embargo en un verdadero instrumento de presión. Sus resultados no están libres de incertidumbre, pero ante el estancamiento vale la pena el riesgo.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparecerá en la edición del lunes 22 de diciembre de 2014.

jueves, 18 de diciembre de 2014

La siempre tardía isla de Cuba


Cuba tiene una característica especial en cuanto a los acontecimientos históricos. Siempre llega tarde, salvo cuando se anticipa. Esa cualidad, que ha pasado a integrarse —y a definir— la sabiduría popular, tuvo una expresión temprana en aquello de la “siempre fiel”. Fue la última colonia en liberarse del dominio español en América. En la práctica se tradujo en centenares de muertos adicionales, una isla devastada por un largo conflicto, la ruina económica de la metrópoli, una soberanía mantenida pendiente durante cuatro años, otra intervención posterior y un continuo complejo nacionalista. No fue poco el precio a pagar. Ahora otra excepcionalidad histórica acaba de concluir. En la mañana del 17 de diciembre el último reducto de la guerra fría terminó en este continente, 25 años después de la caída del Muro de Berlín. Cuba y Estados Unidos acordaron iniciar los pasos para reanudar relaciones diplomáticas.
El presidente Barack Obama declaró que ha instruido al secretario de Estado, John Kerry, a que inicie inmediatamente conversaciones con Cuba para restablecer los vínculos diplomáticos con la Isla. Por su parte, el gobernante Raúl Castro dijo en una alocución a los cubanos trasmitida por radio y televisión: “Hemos acordado el restablecimiento de relaciones diplomática”.
Así de sencillo.
Lo que llama la atención es la calma en esta ciudad tras el anuncio.
En Miami unos cuantos manifestantes en el lugar de siempre —el restaurante Versailles— con las palabras, los carteles y los gritos de siempre. Y también con la cámaras y la prensa de siempre. Economía de medios y recursos. Tacañería de esfuerzo. Todo ello en un día radiante. Imaginar que hubiera sucedido con lluvia. Y eso que en Miami no nieva ni hace frío. Pensar por un momento en el efecto de un trueno. No hay duda que el anticastrismo vertical ha vivido épocas más felices en esta ciudad.
Da la impresión que la noticia no se ha asimilado por completo. Washington y La Habana, enemigos declarados por décadas, inician el camino para la reconstrucción de las relaciones con los hermanos Castro aún en el poder.
Esto quiere decir simplemente que la transición en marcha en Cuba ha recibido el visto bueno de la Casa Blanca. Esa transición es, por supuesto, la dictada desde la Plaza de la Revolución. Nada de participación de la disidencia. Ni siquiera ha sido necesaria la “oposición leal”, tan comentada en determinados círculos. No han hecho falta promesas de cambios políticos. Leyes de amnistía. El surgimiento de espacios alternativos reconocidos.
Con una pasividad aplastante, el exilio ha presenciado la “última victoria de Fidel Castro”.
El empecinamiento en el intercambio, la captura de Gross, la campaña internacional: todo condujo al resultado esperado por el gobierno de La Habana.
Después del regreso del niño Elián, “Los Cinco” se convirtieron en el centro de esa campaña de propaganda perenne, que por décadas ha conducido el régimen bajo el nombre pomposo de “batalla de ideas“.
Con Raúl, un general, se acabaron las “batallas” y las “ideas”, pero esta lucha final quedaba por concluir.
Nos guste o no, el gobierno cubano ha logrado una victoria a toda regla.
En el terreno diplomático, con el rechazo internacional al embargo: el rechazo de gran número de países latinoamericanos a la política estadounidense hacia La Habana; el silencio de las naciones restantes del hemisferio y la adopción de una política de acercamiento crítico por parte de Europa. Tras décadas en que Washington practicó con relativo éxito una política de aislar al régimen cubano, desde hace años terminó aislándose cada vez más.
A los efectos del cubano de a pie, también el gobierno de La Habana sale ganando, y esta victoria es aún más importante.
El gobierno de Obama le ha regalado una nueva ilusión con que alimentar la espera de quienes viven en la Isla. Primero fue la aún fiel Venezuela. Después el petróleo, que nunca apareció; Luego las inversiones extranjeras, que aún no han florecido. Ahora llega la ilusión del fin del embargo. Los cubanos tienen algo para soñar mientras hacen fila para adquirir productos o estiran sus salarios, que no les bastan. Gracias al gobierno que hasta ayer se consideraba el archienemigo del régimen. No han hecho falta ni Caracas, ni Moscú, ni Pekín para que renazca la esperanza, y con más razón, porque ahora viene del “Norte revuelto y brutal”.
Puede argumentarse que en ambos casos son victorias temporales: dentro de unos meses nadie comentará sobre “Los Cinco” y falta mucho para el fin del embargo.
Sin embargo, el triunfo más importante no es para Cuba sino para Raúl Castro. Por primera vez en casi 56 años un gobernante cubano y un presidente estadounidense dialogan. Raúl y su circunstancia lo han conseguido sin perder la cara en el intento. “Sin renunciar a uno solo de nuestros principios”, ha dicho.
Todo ello sin que en Miami los exiliados se lancen a la calle. Los días en que “luchábamos por Elián” son un pasado lejano.
Si la respuesta emocional ha sido nula, los razonamientos se han caracterizado por su torpeza. En la prensa y la radio de esta ciudad se han escuchado las más diversas razones —en buena parte girando sobre una actitud de rechazo a la acción presidencial—, pero todas con un denominador común: el negarse a aceptar un hecho consumado.
Este hecho es que, más que un cambio de política hacia el régimen de La Habana, lo que se ha producido es el establecimiento de una nueva estrategia dentro de esa política.
Esa actitud negativista de los exiliados encierra una motivación irracional: el negarse a aceptar lo que ha dictado un presidente democráticamente electo, con un mandato definido. Así ha salido a relucir una y otra vez el poder del Congreso, no en su función legislativa sino convertido en la ilusión exiliada en un poder ejecutivo. El consuelo del instante, para quienes defienden esta argumentación, es que todo lo dicho por el Presidente cuenta poco a partir de que el próximo año el Congreso estará dominado por el Partido Republicano, que echará por tierra todo lo dicho hoy.
Aquí el absurdo se mezcla con la ignorancia, como desconocer que la colocación de una nación en la cuestionable lista de naciones que apoyan el terrorismo es una prerrogativa del Departamento de Estado, quien confecciona el listado, no el Congreso.
Si Cuba es retirada del listado, como debió hacerse desde hace años, la exclusión no será muy diferente a lo ocurrido con otros países. Corea del Norte fue retirada de la lista en el año 2008 (lo que por otra parte convierte en poco convincente el argumento de mantener a Cuba debido al caso de las armas encontradas en un buque norcoreano). Libia en 2006, cuando la entonces secretaria de Estado Condoleezza Rice, certificó su renuncia sostenida del terrorismo como política de Estado (¿hay que recordar que quien gobernaba el país árabe para esa fecha era Muamar el Gadafi?). Yemen del Sur fue suprimido en 1990 luego de su fusión con Yemen del Norte. Como dato adicional, vale la pena recordar que Afganistán nunca estuvo en la lista.
Así que la salida de Cuba de la lista no será difícil de argumentar para el Departamento de Estado, a partir de dos argumentos —o pretextos, según quiera verse— claves, como son el proceso de paz colombiano en La Habana y la participación de la Isla en la lucha contra el ébola en África.
La negatividad señalada, por parte de los exiliados cubanos de Miami, también ha llevado a olvidar todo lo que la acción presidencial conserva sin alteraciones, desde la Ley Helms-Burton y la Torricelli —así como la fundamental de Comercio con el Enemigo— como la prohibición de turismo para los norteamericanos. Ha quedado en pie, por lo tanto, incluso un aspecto tan controversial de las medidas como es su carácter extraterritorial.
Si bien es cierto que con la ampliación de ciertas normativas Obama hace más permisible el embargo, no hace con ello más que prolongar una vía iniciada con anterioridad.
El embargo fue relajado por el Ley de Reforma de Sanciones y Mejora de las exportaciones, que fue aprobada por el Congreso de los Estados Unidos en octubre de 2000 y firmada por el entonces presidente Bill Clinton. Esta medida permitió la venta de bienes agrícolas y medicinas por razones humanitarias, pero el gobierno cubano la rechazó inicialmente. Fue en noviembre de 2001, y tras el paso del huracán Michelle, que Fidel Castro aceptó la compra de productos a los granjeros estadounidenses. Y entonces el presidente de EEUU era George W. Bush. Así que lo que Obama ahora amplía es lo que se inició bajo Bush.
Sin embargo, todo lo anterior no omite que lo fundamental ahora es que Cuba y Estados Unidos tendrán relaciones diplomáticas plenas en un futuro cercano, con independencia de si el Congreso republicano se decide por la torpeza de no confirmar un embajador para Cuba.
En ese caso, lo más probable que ocurra entonces es que este país tendrá un embajador cubano en Washington y ninguno en La Habana, ya que Alexander Hamilton describió que la forma más conveniente era dejar al poder del presidente el recibir a los embajadores, en lugar de tener que citar a la legislatura para esos fines.
Queda entonces solo en pie el argumento moral, y es el derecho en el exilio a protestar por el acuerdo para el restablecimiento de relaciones diplomáticas. Protestas que hasta ahora no se han siquiera insinuado, más allá de la algarabía breve en el Versailles.
Exilio que debe comenzar a prepararse ante el hecho de que es muy probable que el camino iniciado ayer lleve a un viaje del presidente Obama a Cuba en los próximos dos años.
Falta solo por añadir un punto, y es el señalar que Obama ha hecho lo necesario, imprescindible e inevitable.
Más allá de iniciar el restablecimiento de relaciones, el Presidente ha dado un giro a la política del embargo, para convertirla en un verdadero instrumento de presión y no en un principio estancado. Sus resultados pueden estar llenos de incertidumbre, pero el camino actual desde hace años no producía avance alguno para los objetivos de contribuir a la democracia y el respeto de los derechos humanos en la Isla.
En este sentido, vale la pena mirar por un momento a la distante Birmania, porque es un buen ejemplo a tener en cuenta
Birmania o Myanmar inició su transformación política en 2011, tras medio siglo de dictadura militar (¿no suena esto familiar a los cubanos?). Su presidente, Thein Sein, liberó a los presos políticos, relajó la represión y dio los primeros pasos hacia una transición democrática. En vista a eso, EEUU levantó algunas de las sanciones impuestas durante el régimen dictatorial. Pero dichos comicios no han resultado en todos los cambios esperados.
Obama realizó recientemente su segunda visita al país. En ella reafirmó que la transición parece haberse estancado. Incluso en algunas áreas han ocurrido retrocesos y las violaciones a los derechos humanos continúan.
¿Fue un error entonces la política de la Casa Blanca? La respuesta no es fácil porque un análisis del panorama birmano, bajo una óptica bipolar, sólo lleva a justificar una posición partidista. De adoptarse, todo se reduce a la vieja disyuntiva de la mitad del vaso de agua: ¿medio lleno o medio vacío?
Dos posiciones, en el Congreso de EEUU, definieron la discusión a la hora de imponer restricciones a la junta militar de Birmania.
Una planteaba que la medida debía someterse a una revisión anual. La otra estaba a favor de adoptar algo similar al embargo contra el gobierno cubano: el sostenimiento indefinido de las sanciones hasta que no se produjera un completo cambio democrático. Nada de pasos equilibrados, sino una apuesta de todo o nada.
Al final se impuso la primera posición.
En el 2003, el senador republicano Mitch McConnell —quien el próximo año será el presidente del Senado— trabajó junto al exsenador demócrata Max Baucus y los senadores Dianne Feinstein (demócrata) y Chuck Grassley (republicano), y llegaron al acuerdo de que las sanciones serían sometidas a una evaluación anual.
En enero del 2011, la entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, declaró que las sanciones serían levantadas si se producían cambios “reales”.
En el 2012 Aung San Suu Kyi —premio Nobel de la Paz— fue liberada y en abril del 2012 elegida diputada del Parlamento Nacional. La oposición entró al Parlamento con 43 diputados, pero el Ejército se reservó un cuarto de los escaños, lo que garantizó que los opositores no fueran capaces de hacerle sombra al gobierno.
En mayo de ese año Clinton anunció el relajamiento de algunas sanciones —entre ellas restricciones financieras—, para facilitar la transición.
Al año siguiente, se eliminaron las restricciones vigentes contra los funcionarios birmanos. En igual sentido, ese mismo año, 2013, la Unión Europea levantó todas sus sanciones, salvo el embargo de armas (¿también esto no suena familiar a los cubanos?).
Sin embargo, las esperanzas del cambio se han visto opacadas en los últimos tiempos.
Obama reconoció, en una entrevista con la revista The Irrawaddy,  que en Birmania “el progreso no ha sido tan rápido como muchos habían esperado, cuando empezó la transición”.
El 9 de agosto de este año, el secretario de Estado John Kerry pidió al gobierno de Birmania acelerar las reformas democráticas. Una semana antes, varios senadores estadounidense habían solicitado nuevas sanciones y en mayo Obama extendió por un año más algunas de las restricciones económicas aún vigentes (prohibición de inversiones norteamericanas y de las exportaciones de ese país a EEUU).
Durante su reciente visita, Obama presionó al presidente Sein para reformar la norma que impide postularse a Suu Kyi, así como eliminar la represión étnica.
Si se compara la situación existente en Birmania con la imperante durante la junta militar, es indudable que se han producido ciertos avances que justifican el fin de algunas de la sanciones. De igual forma hay motivos para mantener otras.
Cuba podría estar iniciando un camino similar a Birmania, solo hay que esperar que no sea tan lento, pero pocas son las razones para dicha esperanza.
Lo fundamental aquí es que si los avances son pocos, en Birmania o Cuba, el estancamiento no es la respuesta. Cierto que dicho estancamiento lo dicta fundamentalmente el régimen gobernante en dichos países, pero ampararse en la ilusión de que la democracia está a la vuelta de la esquina en la Isla, ya sea en el caso cubano porque se agotan los recursos de la ayuda venezolana o por pequeñas protestas esporádicas es pecar de iluso. Ni el reloj biológico ni el precio del crudo deben servir de fundamentos para decidir o esperar el futuro. La realidad es que cada vez más quienes viven en Cuba y en el exilio responden a otras expectativas y no a un discurso agotado.
El uso de sanciones nunca debe ser una medida de todo o nada, sino de estímulo y respuesta. El camino hacia la democracia es largo y difícil, y la cautela siempre debe acompañar al optimismo. Ello no debe impedir el intentarlo.

martes, 16 de diciembre de 2014

Crisis financiera en Rusia: ¿malo solo para Putin?


Rusia se encamina, de forma inevitable, hacia una profunda crisis económica. De “tormenta perfecta” ha sido catalogada por algunos. Las dos preguntas, también inevitables, es si esto resultará, en última instancia, bueno para el mundo, en especial para Occidente. La segunda, ya en un terreno más limitado, es cómo repercutirá esta situación en un entorno más cercano —casi doméstico en lo que refiere a los temas tratados con preferencia en este blog—, y es por supuesto las consecuencias para Cuba y Venezuela. En el centro de ambas preguntas está la figura de Vladimir Putin.
Putin es el principal culpable de lo que está ocurriendo en Rusia por dos razones básicas: su política expansionista —mejor decir imperialista— con respecto a Ucrania y la anexión de Crimea, lo que ha traído como consecuencia la imposición de sanciones que parecen estar funcionando. El segundo punto de la responsabilidad de Putin radica en no haber aprovechado los años de bonanza en los elevados precios del crudo para diversificar industrialmente el país y llevar a cabo un crecimiento económico sostenido.
El desplome del precio del petróleo, del que dependen el 68% de los ingresos para la economía rusa, y la imposición de sanciones financieras sobre sus grandes empresas energéticas está provocando una fuga de inversores. Las consecuencias inmediatas son una caída vertiginosa del valor del rublo. La moneda rusa está sufriendo su peor caída desde la crisis de 1998 y se mueve en valores mínimos históricos frente al dólar y el euro, tras registrar una bajada cercana al 25% en apenas dos jornadas, señala el diario español El País. Para comprar un dólar se necesitan ahora 75 rublos, frente a los 54 del martes de la semana pasada. Hay pronóstico de que podría llegarse al punto de que para comprar un dólar serán necesarios cien rublos.
Las consecuencias amenazan con ser catastróficas. No solo por la fuga de capitales que ya se está produciendo, sino ante el simple hecho de que muchos rusos han decidido trasladar sus ahorros a cuentas en divisas.
Para intentar frenar esa caída el Banco Central de Rusia subió en la noche del lunes al martes los tipos de interés del 10,5% al 17%, su segunda intervención en una semana.
Pero esta alza de los intereses no necesariamente va a repercutir en un aumento de  la confianza de los inversores en la economía rusa. Todo apunta, por el contrario, que la medida no contribuirá en nada a la recuperación económica en un país que se encuentra a las puertas de una gran recesión.
El problema es que las autoridades no tienen muchas opciones a su disposición. Debido a que Rusia depende en gran medida de las importaciones de alimentos y otras mercancías, la declinación de la moneda está alimentando una espiral inflacionaria. Los precios al consumidor aumentaron un 9.1 por ciento el mes pasado, comparados con el año anterior, y también se habían incrementado un 8.3 por ciento en octubre, de acuerdo a The New York Times.
No es que la economía rusa se encuentre aún en una crisis económica absoluta. Rusia cuenta con grandes reservas financieras —calculadas en unos $420,500 millones a finales de noviembre— y no tiene una gran deuda externa. Pero que gran parte de esa reserva se encuentre en oro y fondos gubernamentales que no pueden ser convertidos con rapidez limita su uso para apuntalar el rublo. Por otra parte, tanto buena parte de los bancos rusos, como las grandes corporaciones, y en especial las energéticas, tenían una deuda aproximada de $614,000 millones en moneda extranjera a finales de septiembre. La caída del rublo lo que ha hecho es intensificar esa deuda.
La crisis financiera no se debe solo a la política del Kremlin respecto a Ucrania, sino también al hecho de que la política económica de Putin ha sido favorecer una élite cercana a su mando, que ha acumulado riqueza a partir de los elevados precios del crudo, sin preocuparse por las necesidades del país.
Así que sin la posibilidad de que Occidente venga al rescate —sino todo lo contrario—, Moscú se verá obligado a establecer estrictos controles al capital, lo que sin duda llevará a un mayor aislamiento del país.
Lo que está ocurriendo lleva entonces a un punto clave, y es la interrogante sobre si la elevada popularidad de Putin podrá mantenerse en esta situación, y en caso contrario qué hará el mandatario.
Aquí se entra de lleno en la segunda de las preguntas formuladas al inicio, y es en que medida Putin fortalecerá una alianza con Venezuela —e incluso Cuba— no solamente desde el punto de vista estratégico, sino político y militar, para presionar a Estados Unidos.
Por lo pronto, y pese a su poderío, la Rusia actual dista mucho de ser la Unión Soviética de ayer. Aunque es una gran potencia, no cuenta con la capacidad económica para amenazar realmente a EEUU, salvo que se lance en una escalada bélica impredecible.
Ese parece ser el punto de vista de Washington. La Casa Blanca anunció el martes que el presidente Barack Obama firmará a finales de semana la ley aprobada por el Congreso que autoriza la imposición de nuevas sanciones a Rusia. Aunque Obama tiene margen para decidir cuáles sanciones imponer, el hecho de que no vaya a vetar la ley sugiere que apuesta por ampliar la presión contra el gobierno de Putin.
Queda por ver ahora cuál será la reacción del Kremlin. Hasta ahora el camino de arreglo no parece cerrado, pero está por verse si se traducirán en resultados prácticos.
En Londres el secretario de Estado, John Kerry, que el domingo se reunió con su homólogo ruso. dijo que Rusia “ha dado pasos constructivos en los últimos días" en Ucrania, y que si esta actitud se mantienen podrían llevar a un levantamiento de sanciones. Mencionó las negociaciones entabladas en torno a las líneas de demarcación y la "calma" que parece imperar en zonas conflictivas.
Hay que ver cuánto hay de realidad en esto y cuánto de puro lenguaje diplomático.

Queda por verse en qué medida esta situación, que afecta directamente el bolsillo de los rusos, podrá convertirse en una amenaza real para Putin, o al menos que él lo sienta así, y cual será su reacción entonces. Queda por ver si todo esto motivará un nuevo artículo de Fidel Castro, y si este se encuentra en condiciones para escribirlo.