domingo, 13 de abril de 2014

Corporaciones, mercantilismo y mercenarios

Si usted es uno de los pocos ingenuos que quedan en el mundo, y piensa pedirle un préstamo en efectivo al gobierno de Estados Unidos, lo mejor es que mire para otra parte. Pídaselo a Apple, aunque por supuesto ellos no van a darle ni un centavo. Aunque Washington tampoco, a no ser que sea un empresario con las conexiones adecuadas.
Apple tiene más dinero en efectivo que Estados Unidos, Alemania o España, según una información publicada por el diario español ABC.
Las reservas de metálico de las mayores corporaciones internacionales compiten con las de algunas de las principales economías del mundo, según datos del Bank of America, agrega el periódico.
La manzana que aparece en el logo del gigante de la computación y la telefonía es una fruta dorada, con $159,000 millones de efectivo en sus arcas. Al lado de ella, el águila imperial no tiene mucho de que ufanarse: sus reservas de efectivo son apenas $48,000 millones.
No es un índice de decadencia norteamericana. Hay 40 países que tienen menos dinero contante y sonante que Apple. Entre ellos aparecen algunos nombres que causan asombro: Alemania, Qatar, Francia.
En esta lista de empresas con los bolsillos forrados están también Microsoft, con $84,000 millones y Google, con $59,000 millones.
Pero si el gobierno estadounidense es pobre, no así las empresas de este país. Basta considerar al sector financiero, que con sus $1.2 billones supera al total de las reservas internacionales de Japón, el segundo país más rico del mundo. Sólo China tiene más dinero en efectivo, con casi $4 billones.
Recuerdo que al comienzo de la crisis en Europa era común escuchar el mito ¾¿o la realidad?¾ de los empresarios chinos que recorrían los países de la zona con maletas cargadas de dinero en efectivo, para adueñarse de empresas en dificultades económicas.
Por supuesto que las cifras deben ser contempladas en valor relativo, dentro del entramado de la economía mundial, y no reflejan las reservas de oro. No obstante, muestran una realidad ¾más allá del eslogan de “aquí lo que importa es el cash”—, y es que al tiempo que ha renacido el nacionalismo e incluso los conflictos bélicos territoriales, la economía marcha por otro camino: la globalización y el Estado corporativo. Está por verse si ambas visiones terminarán por chocar o complementarse. En este sentido, Rusia, Ucrania y Crimea son un medidor puntual.
La contrapartida, a este fenómeno de corporaciones con poderío económico comparable a países, es un resurgimiento de cierta forma de mercantilismo, en países con una economía capitalista superdesarrollada. Y aquí Estados Unidos —que ha adoptado los patrones neoliberales con independencia del partido que se encuentre en La Casa Blanca— ofrece no solo múltiples ejemplos, sino algunos muy cercanos a lo que se habla a diario en Miami.
En un comentario en la revista The New Yorker, el periodista Jon Lee Anderson señalaba que, más allá de las razones para estar a favor o en contra de la creación de ZunZuneo, el tan comentado caso del “Twitter cubano” era otro ejemplo de una tendencia preocupante dentro del gobierno norteamericano: el encargar a contratistas privados funciones que deberían ser llevadas a cabo por el gobierno y no por particulares.
“ZunZuneo estaba siendo dirigido por un operador privado, una empresa llamada Accord Mobile, que había ganado un contrato financiero del gobierno estadounidense. Esto es consistente con un patrón de comportamiento creciente de los últimos años, en los que la aplicación de los aspectos más sensibles de la política de seguridad de Estados Unidos está cada vez más entregado a los contratistas que trabajan por dinero y no necesariamente por razones filosóficas o incluso patrióticas”, según la traducción del artículo de Anderson publicada en el blog Café Fuerte.
Anderson cita otros ejemplos más cuestionables que el tímido zunzuneo que nunca llegó a zumbar, como la empresa Blackwater, que ahora se llama Academi tras verse involucrada en el asesinato de 17 iraquíes en Bagdad en el 2007.
Las corporaciones militares privadas han crecido notablemente en los últimos 20 años. Vienen cumpliendo funciones que las fuerzas armadas norteamericanas se han visto imposibilitadas de llevar a cabo luego de una reducción de casi dos millones de efectivos tras el fin de la guerra fría y de diversos recortes presupuestarios en algunos  sectores de la Defensa, llevados a cabo durante las diversas administraciones, republicanas y demócratas.
A veces los miembros son considerados especialistas de alto nivel de protección y defensa. Otras se les llama paramilitares o simplemente mercenarios. La realidad es que, desde servicios de protección a diplomáticos y funcionarios norteamericanos, hasta la colocación de misiles en los aviones no tripulados que realizan controversiales misiones, cada vez se emplean más a estos contratistas.
Estas dos caras actuales del mundo corporativo definen en buena medida la realidad económica y política del mundo actual, donde las palabras patria, nación y lucha por la democracia puede que en ocasiones mantengan su valor idealizado, pero también sirven para encubrir negocios lucrativos.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 14 de abril de 2014. 

viernes, 11 de abril de 2014

Otra vez el embargo


Algunas de las razones actuales para el levantamiento del embargo norteamericano hacia el régimen cubano son malintencionadas en sus pronunciamientos y lógicas en su práctica. Detrás de ellas se encuentran intereses comerciales, que no solo buscan vender unos cuantos productos. A ello se une el interés de destacar un principio: los embargos comerciales tienen poca utilidad, salvo excepciones, en un país como Estados Unidos, una nación que propugna la economía global y el liberalismo económico.
Otros motivos de rechazo pueden ser debatidos con argumentos similares, pero de signo contrario. Entre ellos, la afirmación de que el embargo es inmoral, que hay que suprimirlo para quitarle una excusa al régimen castrista y la acusación de que éste es el causante de buena parte de la miseria en Cuba.
Desde el punto de vista político o militar, los embargos ―incluso los bloqueos en el caso de guerras― no son morales e inmorales, porque la ética nunca ha formado parte de la estrategia. También al gobierno de La Habana le sobran las excusas y la pobreza que impera en la isla es una de las mejores tácticas con que cuentan los hermanos Castro, al utilizar la escasez como un instrumento de represión.
Pero a estas alturas el embargo no es una medida que se valora de forma positiva, en el país donde un mandatario la promulgó en 1962, luego de tener a buen resguardo una provisión tal de tabacos que le sobreviviría.
Kennedy no vivió lo suficiente para conocer que no era violar la ley, sino el tabaco cubano lo que resultaba dañino. Fidel Castro lo supo a tiempo y dejó de fumar. Por su parte, el embargo no se ha hecho humo en más de 50 años.

Continúa en Cuaderno Mayor.

Siempre a la espera


Una y otra vez se repite que la razón por la cual el sistema comunista —o la versión castrista del mismo— no se ha derrumbado en Cuba es la represión absoluta existente en el país. Al mismo tiempo, se asocia esa represión a los hermanos Castro. Cuando éstos desaparezcan, así lo hará gran parte del miedo que su régimen inspira a la población.
Sin embargo, lo ocurrido en Cuba durante más de 50 años se aparta de esta óptica en blanco y negro.
Una de las razones que ha permitido a los hermanos Castro mantenerse en el poder es la capacidad para no ejercer una represión integra o absoluta, salvo en los momentos en que se han visto seriamente amenazados. Dejar abierta una puerta de escape a los opositores, siempre que existiera esa posibilidad, y anticiparse a las situaciones límites fueron dos de sus mayores habilidades.
Durante la "primavera negra" de 2003, el régimen castrista condenó con toda severidad a 75 disidentes, y también ejecutó a tres simples ciudadanos que habían secuestrado una embarcación en el intento de salir del país, no por un afán represivo indiscriminado y generalizado, sino para impedir el desarrollo de una situación que en poco tiempo lo obligaría a tener que ejercer una represión masiva, desplegar un rigor mucho mayor.
Esto no libra al régimen cubano y a sus dirigentes de culpa alguna. Es simplemente un intento de conocer mejor la naturaleza del mecanismo empleado para permanecer en el poder por tanto tiempo.
La explicación de la represión como profilaxis no debe verse como un atenuante de ésta. Mucho menos asociarla a una justificación de las largas condenas y los fusilamientos ocurridos ese año y a lo largo de la existencia del proceso revolucionario. Pero la maquinaria intimidatoria que ha permitido la permanencia de un régimen por más de medio siglo no puede ser denunciada en términos tan simples.
El segundo error de análisis, que con frecuencia ocurre, es hacer depender esa maquinaria de control de la función de uno o dos protagonistas.
Es cierto que la muerte de Fidel Castro sacará a relucir una serie de expectativas, que por muchos años la mayor parte de la población, y de la dirigencia alta y media del país, han mantenido a la espera. Pero no hay que ilusionarse y pensar que éstas se canalizarán de inmediato, lo que tendría como resultado un cambio total de la situación imperante en la isla.
En primer lugar porque hay mecanismos establecidos que van más allá de la obediencia a un tirano: parcelas de poder, privilegios y temores sobre el futuro. En segundo, porque no hay el desarrollo de una conciencia ciudadana empeñada en una transformación democrática.
La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión perdida. El primero de enero de 1959 fue el día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y de los demonios ajenos. A partir de entonces se inició un proceso que alentó las esperanzas y los temores de los pobres y de la clase media baja.
A unos y otros les dio seguridad para combatir su impotencia y les permitió vengarse de su insignificancia. Pero al tiempo que nutrió el sadismo latente en los desposeídos, y les brindó la posibilidad de ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, intensificó su masoquismo. De esta forma, quedó establecido el principio de la aniquilación del individuo por el Estado, mediante el afianzamiento de un sistema que alienta el oportunismo porque no posee principios.
Con una población que mayoritariamente no había nacido o se encontraba en la infancia ese comienzo de año de 1959, el país está formado por ciudadanos que han vivido bajo el doble signo del poder de un padre putativo, dominante y despótico. Aunque también sobreprotector y por momentos generoso. Es el Estado cubano, que se ejemplifica y concreta en una figura, un hombre, un gobernante. Padre al que se ha tratado no sólo de complacer en ocasiones, sino de obedecer siempre. O al menos de aparentar obediencia.
Tras la épica engrandecida hasta el cansancio de la lucha insurreccional y los primeros años de confrontación abierta, se abrió paso una obligación repetida, generación tras generación, de servir de puente a un futuro que se definía luminoso.
En lo cotidiano, más allá del discurso heroico repetido a diario, lo que por décadas ha imperado en Cuba es el aburrimiento: el trabajo productivo y la guardia nocturna con el fusil sin balas. Desde el punto de vista psicológico, se descartó primero el derecho a la adolescencia —el afán de la rebelión— y luego se transformó el principio de la realidad que rige la adultez por una simulación infantil. Ese detener el tiempo transformó a muchos cubanos en eternos niños.

El concepto de que la libertad actúa como un valor fundamental de motivación en cualquier pueblo —con independencia de credo, cultura, historia y origen—, cuya formulación mejor aparece en The Case For Democracy, de Natan Sharansky y Ron Dermer, ha demostrado ser más un ideal que parte de un análisis de la realidad. Las secuelas de la envidia, el odio y el delito compartido por muchos años serán difíciles de arrancar.

miércoles, 9 de abril de 2014

Con su franca desnudez


El desnudar como humillación siempre ha sido una práctica muy apreciada por los gobiernos totalitarios. Sin embargo, y en un sentido opuesto, el desnudo es también una forma de protesta, incluso de solidaridad. Esta dualidad que encierra el mismo instrumento —el cuerpo humano— utilizado en dos objetivos antagónicos define no solo la esencia humana sino su historia.
Llama la atención como en Venezuela se repitan actos, representaciones y esquemas que reflejan paradigmas de un choque entre lo viejo y lo nuevo que ojalá fructifique en algo superior. Ni chavismo ni antichavismo: un nuevo país.
Si desde sus inicios la propuesta de Hugo Chávez fue una respuesta retrógrada a una sociedad que necesitaba una regeneración total, en más de una década se vienen repitiendo gestos enfrentados que no logran ir más allá de un mismo problema. Dos caras que no alcanzan una solución.
Solo que por momentos surgen indicios que hacen alentar la esperanza. Un grupo de paramilitares encapuchados detienen a un joven, le quitan la ropa, lo golpean y lo dejan tirado sobre el pavimento, adolorido, vejado, tiritando de impotencia. No es un hecho aislado. Gracias a los teléfonos celulares hemos podido ver al ejercicio repetirse en diversos barrios y ciudades. Hay un objetivo especifico, alentado y que se ejecuta como una orden: aterrorizar, crear una sensación de desamparo.
Ahora, frente a este hecho brutal, ha surgido una campaña innovadora. No es la solución del problema, probablemente no impedirá que la infamia se siga cometiendo, pero es una propaganda efectiva contra la represión chavista y la violencia.

#MejorDesnudosQue es una campaña de repudio al régimen de Nicolás Maduro que recorre las redes sociales. La imaginación y el decoro contra la vulgar represión.

El dólar y los viajes


Uno de los problemas fundamentales, a enfrentar en cualquier posible conversación entre Washington y La Habana, es el dólar. El embargo comercial impuesto por Washington no permite al gobierno cubano llevar a cabo transacciones con esta moneda.
Hay un conjunto de normas —las cuales a través de los años han resultado ser poco útiles para el avance de la democracia en Cuba— que dificultan en buena medida las transacciones económicas internacionales de la isla en el exterior.
Esto es en gran parte el resultado de acciones políticas y electorales llevadas a cabo en Washington.

Toda la compleja trama del dólar norteamericano en la economía cubana, que es legal en Cuba pero no circula, con el que se pagan las compras en artículos norteamericanos, pero no sin antes una conversión de otras divisas —debido a lo cual hay por supuesto un costo— se convertiría en un aspecto de magnitud aún mayor si se flexibilizan los permisos o se permiten en general los viajes de los estadounidenses a la isla.

domingo, 6 de abril de 2014

Fracasados


Tanto mandatarios y legisladores demócratas como republicanos, se han mostrado más interesados en aparentar ante sus electores un interés por la situación en Cuba, que en contribuir a un cambio real en la nación caribeña.
El último fracaso dado a conocer es un plan para crear un sistema estilo Twitter, que en última instancia sería utilizado para recopilar información y “fomentar” la disidencia.
Más allá de una breve y momentánea infusión de dólares a algunos bolsillos, el plan no parece haber servido para nada, salvo que su conocimiento ahora se ha utilizado con fines de propaganda por el gobierno cubano para denunciar la continua “injerencia” de Estados Unidos en los asuntos cubanos.
Lo irónico del caso es que de inmediato han saltado las alarmas sobre el “derecho” de Washington para forzar un “cambio” de régimen en Cuba. Sólo que la pregunta más práctica sería si ser una superpotencia le otorga a cualquier gobierno de Estados Unidos —no importa si demócrata o republicano— una potestad ilimitada para despilfarrar el dinero de sus contribuyentes. Y desde ahora debía promoverse una protesta ciudadana para evitar que la Agencia por el Desarrollo Internacional de EEUU (USAID) siga haciéndolo todo mal en lo que respecta a Cuba. Que se dediquen a ayudar a cualquier islita perdida en cualquier océano, pero que se vayan a desplegar su incapacidad a otra parte.
Claro que la aparición ahora de este estudio elaborado por  la Associated Press no es nada inocente, y corrobora que, en lo que respecta a su labor en Cuba, la USAID no está simplemente en la mirilla sino que le llueven los cañonazos, pero que se los merecen por su mal trabajo.
Por supuesto que limitar la ineficiencia a la USAID resulta injusto. Por décadas, todo o la mayoría de lo que se ha hecho para promover la democracia en Cuba, con fondos norteamericanos, se ha hecho mal. Asombra que la nación más poderosa del mundo sea tan torpe ante un pequeño país, salvo que se abrigue la sospecha que ineptitud no ha sido un pecado sino un objetivo. Es cierto que se entra entonces en la teoría de las conspiraciones, pero son demasiados datos para encerrarlos simplemente en la casualidad y la circunstancia.
Desde los lejanos planes de la CIA para exterminar a Fidel Castro, una y otra vez en este país se ha repetido un esquema similar, difícil de entender fuera de Estados Unidos: la utilización de amplios recursos y fondos millonarios con el objetivo de no lograr nada.
Lo que en muchas ocasiones se ha interpretado como torpeza o franca ineficiencia no ha sido más que la apariencia de un proyecto destinado al fracaso.
Sólo una nación que cuenta con un presupuesto de millones y millones de dólares, puede destinar algunos de ellos simplemente al despilfarro; solo un país poderoso y al mismo tiempo víctima de su prepotencia puede llevar a cabo tal tarea.
En el caso cubano, Washington lo ha hecho con éxito durante décadas.
La consecuencia es que ha surgido un "anticastrismo" que es más un empeño económico que un ideal político, alimentado en gran medida por los fondos de los contribuyentes.
Cuando a finales del siglo pasado la transformación de este modelo se acercaba al punto clave, en el cual la estrechez del objetivo político del grupo del exilio que lo sustentaba hacía dudar de sus posibilidades futuras, la llegada al poder de George W. Bush dilató su supervivencia, al tiempo que impuso un gobierno con una carga ideológica —afín precisamente a los principales beneficiarios del “modelo anticastrista”— como no se conocía en esta nación desde décadas atrás.
La política de extremos pasó a ser la estrategia nacional y no una maldición miamense.
La administración de Barack Obama, que en el caso cubano se ha movido entre la inercia, el desinterés y la desconfianza, no ha hecho más que prolongar una situación heredada. Por supuesto que —como siempre— el régimen de La Habana continúa acumulado triunfos en su poderosa capacidad para prolongar el desastre. Nada cabe esperar de La Habana y cualquier apuesta a favor de una correspondencia de gestos choca contra el muro de la inmovilidad, pero si los esquemas en favor de fomentar la democracia, que en otros países han funcionado con éxito, fracasan en Cuba, por qué ese empeño torpe en gastar el dinero.
Si de algo ha sido ejemplo la isla, es en ser un laboratorio que convierte en fracaso lo que en otras partes triunfa. Desde los lejanos días de la expedición de Bahía de Cochinos, ya era hora para haber aprendido la lección.
Durante los últimos años, Washington ha estado repitiendo que sus objetivos son apoyar a la disidencia, contribuir al aceleramiento del cambio pacífico para lograr la transformación política y económica de la isla y aumentar el nivel de información de los cubanos. Pero en la práctica, estos planes han resultado contraproducentes para cumplir estas metas.

Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 7 de abril de 2014.