jueves, 30 de octubre de 2014

Los otros Korda

  
Acaba de cumplirse otro aniversario de la desaparición de Camilo Cienfuegos. Recordar por un momento esa fotografía de la entrada de Fidel Castro en La Habana junto a él. Recordar también que esa foto —todo un ícono de la revolución— fue subastada por la casa británica Dominic Winter Auctioneers, en Cirencester, en 2010. Volver a leer el catálogo de la casa subastadora al describirla: “Fidel Castro y Camilo Cienfuegos entrando a La Habana, el 8 de enero de 1959, revelado en plata e impresión hecha por Korda alrededor de 2000, con su cuño y firma en el margen inferior”. La fotografía, que se vendió por 4.000,00 libras esterlinas, formó parte de un conjunto más amplio: imágenes de las actividades diarias de los líderes de la revolución cubana, captadas por el objetivo del fotógrafo Alberto Korda, que fueron vendidas por un total de 35.240 euros, según publicó el 5 de marzo de ese año el diario El País. Catorce impresiones en blanco y negro hechas entre 1959 y los albores de la década de los sesenta, de acuerdo al  periódico español, que mostró en su edición siete de ellas. Recordar ahora —también— otro detalle importante: la foto no es de Alberto Korda.
En realidad, la foto más emblemática de la entrada de Fidel Castro a La Habana la tomó Korda, pero no el célebre fotógrafo de Ernesto “Che” Guevara sino el otro Korda.
Alberto Díaz Gutiérrez adoptó el nombre de Korda por motivos comerciales. Se lo puso a un estudio fotográfico y pronto lo convertiría en una marca. De truco publicitario lo transformaría luego en eslogan político.
Al principio fue simplemente darse cuenta que su apellido era extremadamente común en la Isla, y que por aquellos años los productos fotográficos más populares eran los de la marca Kodak.
“Además había visto una película dirigida por los hermanos Korda, Alexander y Zoltan. Pensé que el apellido Korda sonaba como Kodak, así que le puse al estudio ese nombre y funcionó. Era fácil para los directores de arte, en las agencias de publicidad, recordar que había un estudio llamado Korda”, según contó a Mark Sanders en Korda A Revolutionary Lens, donde se exploran y explotan las imágenes captadas por el fotógrafo que convirtió al Che en ícono y mostró como ningún otro a un Castro poderoso y cotidiano; un libro voluminoso que tampoco descuida, aunque relega, a ese descubridor de la belleza cubana —¿o de la bella cubana o de la cubana bella?— que quiso ser otro Richard Avedon, hasta llegar el momento en que supo que lo más prudente y lucrativo era cambiar el modelo por el uniforme. De seguir fiel a  quien siempre reconoció como su “héroe fotográfico”, habría terminado en Miami y con un poco de suerte en Nueva York, pero en su conversión abandonó la moda y encontró la gloria, aunque por comandante interpuesto. Nada de ello le resta mérito a su cualidad fotográfica: Korda, realmente, era bueno tras de la cámara, aunque no tanto frente a ella.
Los dos Korda
Díaz Gutiérrez y Luis Antonio Peirce Byers decidieron unirse en un negocio fotográfico alrededor de 1956. Encontraron un local adecuado para un estudio en el número 15 de la calle 21, entre N y O, frente al hotel Capri, en El Vedado. A partir de ese momento, las fotos aparecieron hechas por Alberto o Luis Korda.
Alberto Korda desarrolló sus habilidades de publicista y convirtió el estudio en una empresa que brindaba una imagen de marca en todas las fotografías, con independencia del fotógrafo que las captara. El concepto fue de gran utilidad en el desarrollo de campañas publicitarias para grandes firmas, que consolidaron el negocio económicamente. Una de las especialidades era el retrato de coristas, artistas y cubanas en general que aspiraban a destacarse en la farándula y la moda, así como las imágenes de eventos sociales y espectáculos. De ese Korda de entonces nació otro nombre, Códac, el descubridor de ella cantaba boleros.
Tras la llegada de Castro al poder, cambiaron los acontecimientos y los protagonistas a fotografiar, pero persistió el empeño de imponer una marca. Luis Korda participó de ese objetivo desde los primeros días de enero de 1959.
“Su foto más famosa, la de Fidel con Camilo, la tomó, según me contaba, cuando la Caravana de la Libertad entró a La Habana, el día 8 de enero”, afirmó Margarita Sánchez Treto, en un artículo sobre Peirce Byers aparecido en Juventud Rebelde el 6 de enero del 2007.
“Muchos han creído que fue Alberto el que tiró esa foto del Comandante en Jefe con su fusil de mira telescópica en el hombro y Camilo con su ametralladora de mano Thompson, calibre 45. Pero en verdad la captó Luis”, agregó Sánchez Treto.
En el libro Cien imágenes de la Revolución Cubana (1953-1996), editado por la Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado y el Instituto Cubano del Libro, en La Habana, en 1996, aparece Luis Korda como autor de la foto.
El libro incluye un ensayo introductorio escrito por Abel Prieto, por entonces ministro de Cultura, y una selección fotográfica realizada por Pedro Álvarez Tabío.
En su página 39 aparece la foto de Castro con Camilo, y se señala: “Otra de las imágenes emblemáticas de la Revolución Cubana: Fidel y Camilo Cienfuegos sobre el vehículo en el que entran triunfalmente a la ciudad de La Habana, al frente de las fuerzas del Ejército Rebelde, el 8 de enero de 1959”.
También la foto se encuentra en la página 15 del libro del periodista alemán Willi Huismann, Cuba ein politisches Reisebuch, editado en 1985.
Luis Korda
Luis Antonio Peirce Byers nació el 17 de enero de 1912, en Manzanillo y falleció el 10 de diciembre de 1985, de un paro respiratorio.
Su madre era una mulata jamaicana llamada Virginia y su padre Edward, un estadounidense. Ambos vivían en esa ciudad del oriente cubano. En 1954, Luis viajó a La Habana y comenzó su labor de fotógrafo. Tras el 1 de enero de 1959 trabajó en el periódico Revolución y luego fue colaborador de las revistas Cuba, Bohemia y Palante, así como del diario Granma.

De acuerdo a Sánchez Treto, Luis Korda “se llevó a la tumba el dolor por la confusión extendida sobre la autoría de esa imagen”.
Luis Peirce Byers murió el 10 de diciembre de 1985, de un paro cardiorrespiratorio.
“Muy pocos se enteraron y fue un grupo reducido de amigos a su entierro, casi nadie”, destacó su viuda.
El otro Korda parece condenado no al olvido, pero sí a la omisión.

martes, 28 de octubre de 2014

La partida


¿Alcanzará fuerza política en Miami la tendencia más realista y pragmática dentro del anticastrismo, ahora que las apuestas deben desviarse de un fin más o menos cercano del régimen cubano a la discusión sobre el alcance de las posibles reformas, algunas de las cuales han echado a andar mientras que otras no pasan aún de un párrafo en los conocidos Lineamientos, modificados, actualizados y vueltos a editar tras el fin del  VI Congreso del Partido Comunista de Cuba?
La respuesta a esta pregunta definirá en buena medida el papel político ―o la nulidad al respecto― de una comunidad que cuenta no solo con grandes recursos económicos, sino con profesionales, especialistas y empresarios capaces de desempeñar una función de impulso y ayuda al establecimiento de una sociedad más avanzada en la Isla, tanto en lo económico como en un proceso paulatino de reformas democráticas.
Ante la afirmación otras veces formulada de que el reloj cubano tiene dos manecillas, una en La Habana y la otra en Miami, cabe en estos momentos cuestionarse si ambas continuarán empecinadas en el mismo recorrido: el avance en reversa, con una tenacidad que amarga al más optimista.
Durante muchos años parece haberse impuesto en ambas orillas un acuerdo tácito en este retroceso, como si existiera una conspiración de los extremos, que ha impuesto la marcha más conveniente a sus intereses: el poder absoluto de volver una y otra vez a remendar un modelo caduco, y seguir retrocediendo.
Igual empeño en la Calle Ocho y en la Plaza de la Revolución: mantenerse en una lucha estéril, sin ceder un ápice.
En lo personal, el éxito ha acompañado a quienes no se apartan de esa vieja senda. Inmovilidad en la cúpula gobernante cubana, influencia única del sector más recalcitrante del exilio en la política estadounidense hacia la Isla.
El problema fundamental es el éxito ―indiscutible tanto en Miami como en La Habana― a la hora de neutralizar los factores que podrían determinar un nuevo curso de acción, sometiéndolos a un control que deja fuera de las decisiones a millones de cubanos en ambos extremos del estrecho de la Florida.
Una segunda mirada a este problema nos permite afirmar que el darle cuerda al reloj del retroceso no solo responde a una conspiración de los extremos. También es la seducción de los caminos trillados y la comodidad de lograr el triunfo recorriendo una vía segura. Obedecer al presidente/general sin chistar, evitar destacarse como alguien que piensa de forma independiente y seguir las órdenes, pero cumplirlas lo menos posible. Beneficiarse de un electorado que combate sus fracasos con la misma obstinación que repite sus errores. La inmunidad imprescindible para no escuchar las opiniones opuestas. Profundizar a diario en el alejamiento de la realidad. En la Calle Ocho y en la Plaza de la Revolución. Mantenerse en una lucha estéril, sin ceder un ápice.
La seducción del pasado
 Junto a sus esperanzas de futuro, todo exiliado lleva también su cuota de pasado. En Miami no hubo urgencia en imponer un límite al recuerdo y un cupo a la nostalgia. Hubiera sido mejor un cartel preventivo: exiliado cubano, guarda en tu pasaporte de origen todo el rencor, declara en la aduana las injusticias sufridas y deja en la maleta las frustraciones. Al menos, no viviríamos en esta ciudad esclavos del pasado.  En Miami algunos no han podido sacarse los clavos del castrismo, pero quieren que los demás carguen la cruz por ellos: a confesar la fe en la "lucha anticomunista'' o arriesgarse a ser azotado en la plaza. Inquisición radial, centuriones de esquina, cruzados de café con leche, apóstoles de la ignorancia. Irse de la isla para continuar con una comparación inútil y absurda: responder al mal con el desatino y a la represión con la intransigencia.
Empeñarse en la violencia con la excusa de lo perdido.  Son quienes en esta ciudad imponen conceptos y distribuyen etiquetas. Para ellos el terrorismo no es una definición. Tienen un diccionario particular que esgrimen a conveniencia y se escudan en el papel de víctimas para lanzar una cacería de brujas. La realidad es una ficción y las obras de ficción ejemplos reales, que utilizan en escritos y arengas para proponer tácticas ridículas.
Sadomasoquismo revolucionario
La realidad cubana, en su forma más cruda, es la tragedia de la ilusión perdida. El primero de enero de 1959. El día en que el ciudadano se creyó dueño de su destino y terminó encerrado, preso de sus demonios y de los demonios ajenos. La revolución como un dios arbitrario. Un proceso que alentó las esperanzas y los temores de los pobres y la clase media baja; que les dio seguridad para combatir su impotencia y les permitió vengarse de su insignificancia. Que nutrió el sadismo latente en los desposeídos y les brindó la posibilidad de ejercer un pequeño poder ilimitado sobre otros, pero que al mismo tiempo intensificó su masoquismo, al establecer como principio la aniquilación del individuo en el Estado, y vio en ello satisfacción y gozo. Un sistema que alienta el oportunismo porque no posee principios. Una patria que solo ofrece a sus hijos la satisfacción emocional que se deriva del embrutecimiento, la envidia, el odio y el delito compartido. Una ideología que alimenta el patriotismo como un sentimiento de superioridad, pero que en cambio practica la entrega total del país al mejor postor. Un intento despiadado de manipulación masiva, de no darle tiempo a nadie de percatarse que su vida ha sido empobrecida cultural y económicamente.
En un país cuya población mayoritaria se encontraba en la infancia o no había aún nacido el primero de enero de 1959, ésta ha vivido bajo el doble signo del poder de un padre putativo, dominante y despótico, pero también sobreprotector y por momentos generoso: el Estado cubano, que se ejemplifica y concreta en una figura, un hombre, un gobernante. Padre al que se ha tratado no solo de complacer en ocasiones sino de obedecer siempre. Al menos de aparentar esa obediencia. Pero no importa cuánto ha sido el fingir y hasta donde ha llegado la sinceridad. El simulacro, vamos a considerarlo así en la mayoría de los casos, se ha impuesto como una certeza. Tras la épica engrandecida hasta el cansancio de la lucha insurreccional y los primeros años de confrontación abierta, se abrió paso una obligación repetida, generación tras generación, de servir de puente a un futuro que se definía luminoso.
En lo cotidiano fue un destino vulgar, que se caracterizó por el aburrimiento: el trabajo productivo y la guardia nocturna con el fusil sin balas. Desde el punto de vista psicológico, se descartó primero el derecho a la adolescencia —el afán de la rebelión— y luego se transformó el principio de la realidad que rige la adultez por una simulación infantil. Ese detener el tiempo transformó a los cubanos en eternos niños. Algunos fueron niños obedientes y otros “malcriados”, pero niños todos. Ahora, ese mismo gobierno que alentó la creencia en ese Estado paternal ha comprendido que la situación económica no da para más, y ha decidido decirles a sus hijos que busquen la caridad en la casa del vecino ―situada a noventa millas― o se las arreglen como puedan.
Mientras tanto, la lucha por sobrevivir se convirtió en una realidad única. Hasta donde llegaron las concesiones hechas al sistema es historia personal. Por un motivo u otro, se acumularon los fracasos en rebelarse. Unos fueron heroicos en su fracaso, otros simplemente cobardes o pusilánimes. Se puede argumentar que no fue una culpa personal o ciudadana, pero ha definido la realidad nacional. Una tras otra, ha ido acumulándose las generaciones inacabadas, incompletas en su capacidad de formar un destino. Los cubanos se han transformado en maestros de la espera. Nos enseñaron a dominar el arte de la paciencia: un futuro mejor, un cambio gradual de las condiciones de vida, un viaje providencial al extranjero. Nos enseñaron también a no arriesgarnos, a no creer en el azar, a resignarnos a la pasividad. Se sigue esperando. Solo que es la espera es más que nunca un acto suicida. 
En las dos orillas
En la capital del exilio aún se alimenta el espíritu de intolerancia y se mantienen los intentos por brindar la imagen de un exilio monolítico, opuesto a cualquier alteración del rumbo de la política trazada por Washington desde hace muchos años, reforzada por la pasada administración norteamericana, mantenida en lo esencial por la actual y en buena medida determinada por los miembros del sector más reaccionario de la comunidad emigrada. El factor clave es no cambiar una política que si bien no es agresiva en el sentido bélico, sí puede considerarse de una hostilidad pasiva, o incluso en algunos casos activa. El argumento de que esta política no es más que una respuesta
En Cuba se reconoce que en los jóvenes está la clave del problema de la sobrevivencia del modelo castrista.. Más allá de los encasillamientos generacionales, y de las divisiones por edades, el fenómeno tiene un sentido amplio. Se trata de un grupo que aquí en Miami forma parte de una generación de relevo: hombres y mujeres que por fecha y lugar de origen —varios de ellos nacieron en este país— no comparten una historia común con los residentes de la isla, pero se consideran depositarios de una Cuba que dejó de ser. Hijos del anhelo de darle marcha atrás al reloj histórico y político en Cuba, para borrar todo vestigio del proceso revolucionario, y herederos del llamado “exilio histórico”.  Gracias a su participación en los triunfos electorales de los hermanos Bush, este grupo aún desempeña un importante papel en la confección de la política norteamericana hacia la Isla.
Hasta el momento, su éxito político obedece al hecho de continuar ampliado una política que es afín a una buena parte de los votantes cubanoamericanos.  En última instancia, lo importante para estos votantes no es la efectividad de la medida, sino que ésta ejemplifica su influencia política. Mientras se debate el alcance del voto cubanoamericano tradicional, no hay duda del poderío de un grupo que contribuye fuertemente a las campañas electorales y que tiene un gran dominio e influencia no solo en los gobiernos local, estatal e incluso federal, sino también en los medios informativos.
Un grupo que además mantiene una relación con la Isla que es fundamentalmente política y afectiva, pero sin contactos con la población salvo en los casos de afinidades ideológicas con ciertos grupos disidentes.
Ambos grupos —los históricos de la Isla y el exilio— enfrentan serias dificultades para establecerse como fuerza definitoria en un futuro. En Estados Unidos por las propias características del proceso electoral y por formar parte de una minoría, en el sentido étnico o de origen. En Cuba por las limitaciones hasta el momento impuestas en una lucha por el poder que apenas se intuye pero es real. Queda abierta la posibilidad —bastante precaria por el momento— del encuentro de un terreno común entre los dos grupos, en un futuro todavía no cercano.  Otra cuestión es el aumento del poder político de los nuevos grupos de inmigrantes, mediante una participación mayor en las elecciones, la inmediata legislativas y la posterior presidencial. Posibilidad muy real, pero que aún continúa siendo una incógnita.
Buena parte de los que realizan viajes familiares a Cuba no son ciudadanos norteamericanos. Las demoras en el procedimiento para adquirir la ciudadanía —a consecuencia de las nuevas verificaciones de seguridad establecidas a consecuencia de las medidas antiterroristas— dificultan el convertirse en votantes a residentes que se ven afectados por estas restricciones. Por lo tanto, es posible que estas elecciones inmediatas continúen ofreciendo dividendos electorales para los republicanos.
A todo esto se une la frustración del exilio ante la ausencia de cambios visibles en la   Isla, resurgidas luego del traspaso del poder de Fidel Castro a Raúl. Pese al fracaso de medidas como el embargo, otras alternativas —como el  proceso actual de cambio de política de la Unión Europea— hacen hasta el momento esperar también resultados nulos.
Quienes critican el fin de las sanciones por parte de Europa olvidan que la posible presión sobre el régimen no es igual ahora que hace pocos años. Pero el mismo argumento puede aplicarse a quienes favorecen un levantamiento del embargo.
No tiene sentido apostar a las supuestas ventajas políticas de un incremento del turismo. La realidad es que el gobierno cubano tiene ahora mayor capacidad de maniobra. Desconocer este hecho es equivocar de sentido el apoyo al fin de las restricciones a los viajes de estadounidenses a la Isla. No hay que arrebatarle a Castro el papel de fuerza represiva, contraria al libre movimiento ciudadano. Si con la nueva ley migratoria La Habana ha tratado de librarse de ese estigma es por motivos económicos sino políticos. Cierto que este caso la economía se ha impuesto y con ello dinamita el factor político, pero por ello hay que verlo como un cambio en la naturaleza represiva del régimen sino como un acomodo de acuerdo a las circunstancias.
La política cubana es al menos consecuente con los objetivos de quienes la trazan. Castro vaciló nunca en permitir ciertos espacios controlados —de relativa independencia‑, cuando han resultado necesarios para que el régimen sobreviva. Raúl Castro no es innovador en ese sentido, sino simplemente ha seguido lo establecido por su hermano mayor: adaptarse al momento. Los que han creído ver un mayor pragmatismo en Raúl que en su antecesor son presas del espejismo de un proceso en que la ideología siempre fue una especie de mercancía de consumo, pero de naturaleza intrínseca variable. Un fenómeno que Jean Paul Sartre descubrió desde el primer momento, pero a la que otorgó un significado y unas consecuencias erróneas. Entre equívocos e ilusiones construyó el régimen de La Habana su base de sustentación. Fue una opción arriesgada y poco promisoria, pero que en la práctica le ha brindado resultados excelentes. Aun hoy sigue apostando a la misma carta. Y nada indica que no siga teniendo en las manos no el as de triunfo sino de supervivencia. Con ello le basta.


domingo, 26 de octubre de 2014

Derechos humanos y disidencia viajera


El 14 de enero  de 2013 los cubanos amanecieron con una nueva ley migratoria. A partir de entonces, nos hemos acostumbrado a las fotos en que aparecen disidentes y periodistas independientes ante las cámaras, visitando países y participando en conferencias internacionales. ¿Cuáles son los resultados en favor de la democracia en la isla tras un año y algo más de nueve meses de entrada en vigor de estas medidas, si nos limitamos al llamado movimiento opositor? Puede decirse que pocos y pobres.
Ante todo es bueno aclarar tres incomprensiones, que siempre salen a relucir cuando se discute sobre el tema.
La  primera es mencionar la represión que sufren quienes se enfrentan al régimen, y agregar que con eso ya tienen bastante. Por lo tanto, hay que dejarlos llevar a cabo su trabajo en las difíciles condiciones que enfrentan. Pero cualquiera que tiene el valor de asumir una labor política se convierte de inmediato en figura pública, y entre los riesgos y beneficios que se enfrentan con ese destino está el ser enjuiciado, por dentro, fuera y desde todos los ángulos.
La segunda es un simplismo: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Sin embargo, ni la crítica convierte a quien la hace en enemigo automático del criticado, ni el cuestionamiento es necesariamente un acto de enemistad, rechazo y mucho menos hostigamiento. Se puede criticar y apoyar cuando es necesario.
La tercera sí implica un acto de desprecio: considerar que es muy fácil criticar desde el exilio cuando otros “se juegan el pellejo”. Aquí lo mejor es limitarse a dos hechos. Uno, que durante una época el simple hecho de solicitar la salida del país constituía un acto de rebelión, y si no “el pellejo”, uno se jugaba el futuro. El otro, más general, es que el análisis de una situación no se limita a quienes la padecen, como tampoco el estar enfermo otorga de por sí el conocimiento para hablar de la enfermedad.
Así que uno no es menos anticastrista ni le hace el juego al enemigo por tener una visión crítica sobre la actuación y los resultados de la oposición en Cuba.
Ese manto de impunidad, con que algunos en el exilio buscan cubrir a la disidencia no hace más que perjudicar al mismo movimiento.
Por ello resulta difícil otorgarle algún peso a una declaración formulada a este mismo periódico por Berta Soler, líder de las Damas de Blanco, cuando dice que “si nosotros no podemos sentarnos a hablar sobre una normalización [de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos], mejor no hacerla, porque si nos excluyen, es como que no somos parte del pueblo de Cuba.
Cabe la posibilidad de que la líder opositora estuviera pensando, al formular tal declaración, en algo parecido a la firma de un nuevo “Tratado de París”, pero en tal caso serían necesario dos aspectos básicos antes de formular el reclamo: mambises y guerra, que ahora no existen. Una cosa es ser parte del pueblo, y otra bien distinta es representar a ese pueblo.
El ya famoso editorial de The New York Times, en que se pide “reanudar relaciones diplomáticas” con Cuba y “acabar con un embargo insensato” no está destinado a poner fin a la Ley Helms-Burton, porque el diario sabe que de momento eso es imposible, y es precisamente en esa ley donde entra el aspecto de la falta de democracia en Cuba.
Lo que aparentemente busca el NYT es lograr el establecimiento de nexos diplomáticos más amplios, aunque lo que realmente busca es ampliar los viajes. Es decir, que se permita el turismo estadounidense a la isla.
Sus objetivos primordiales son económicos, aunque para ello formula el transitar la vía diplomática.
“Reanudar relaciones diplomáticas, para lo cual la Casa Blanca no necesita respaldo del Congreso, le permitiría a Estados Unidos ampliar áreas de cooperación en las cuales las dos naciones ya trabajan conjuntamente”, como la regulación de los flujos migratorios y las operaciones marítimas. El NYT no lo especifica, pero detrás de esto lo que están son los viajes turísticos y el evitar un éxodo masivo.
En este sentido, el reclamo de los derechos humanos tiene poco peso, no a los efectos morales y éticos, sino de la economía y la política práctica.
El propio diario despacha de un plumazo el problema represivo, al decir que aunque el gobierno “autoritario” de la isla “sigue acosando a disidentes”, en años recientes “ha liberado a la mayoría de los presos políticos que llevaban años tras las rejas”. Con esto, indirectamente, deja fuera a las Damas de Blanco de la ecuación.
Aquí es donde la disidencia cubana enfrenta un grave problema. Porque si determinadas fuerzas están ejerciendo presión sobre la Casa Blanca, no sobre el Congreso, para lograr un cambio, los opositores tienen poco que mostrar para contrarrestar esta presión, salvo la última foto en una capital de Europa.
Esta es mi columna semanal en El Nuevo Herald, que aparece en la edición del lunes 27 de octubre de 2014.

martes, 21 de octubre de 2014

El encanto del humo


El fotógrafo suizo René Burri comenzó su carrera siendo aún niño, a los 13 años, al retratar a Winston Churchill en Zúrich. A partir de ese momento, toda su trayectoria se definiría entre dos polos: la instantánea apegada al testimonio y la composición de una imagen que busca trasmitir una opinión o idea, ya sea mediante el simbolismo o simplemente por medio de un sujeto convertido en objeto. Fue en la primera de estas fórmulas donde acumuló mayores méritos, y al fallecer el domingo a los 81 años ya ocupaba desde hacía décadas un puesto destacado entre los fotorreporteros. Fue precisamente en la fotografía en blanco y negro, hecha con una Leica, donde se encuentran sus mejores obras. Por supuesto que formó parte de la agencia Magnum hasta su fallecimiento a causa de un cáncer. Más que un sitio de trabajo una definición que alcanzó su logro mayor en el retrato que le hizo a Ernesto “Che”, Guevara, por el cual se le identifica en todo el mundo. Como ocurrió en otros casos, no sería hasta cuatro años después de la muerte del guerrillero que la foto no se hizo famosa, algo que nunca le preocupó: Burri consideraba que todo el valor de esa instantánea no radicaba en el sujeto fotografiado sino en el encanto del humo.
Es inevitable al hablar de Burri el recordar a Henri Cartier-Bresson. Tanto en cuanto los unía como en aquello que los distanciaba. Fue el propio Burri quien habló de esa distancia en una entrevista.
“En aquellos días Henri Cartier-Bresson nos tenía limitados a usar solamente lentes de 35 mm a 90 mm. Cuando le mostré las fotos dijo: ‘¡Brillante René!’. Salí ahuera y grité: ‘¡Hah!’. Él me oyó y exclamó: ‘¿Qué fue eso?’. ‘Nada, no te preocupes’, le respondí. El lente que había utilizado era de 180 mm, pero nunca se lo dije. En ese momento,  rompí mis ataduras con mi mentor, maté a mi mentor”.
La fotografía a que se refiere Burri es una de sus mejores  y emblemáticas, en una dirección completamente opuesta a las imágenes en pequeño formato. Hombres en el tejado, tirada en Sao Paulo, Brasil, muestra el interés del fotógrafo por la geometría y la arquitectura. De hecho mantuvo una larga amistad con Oscar Niemeyer y Le Corbusier, del cual también hizo un célebre retrato. La foto, realizada como parte de una asignación para la revista Praline, muestra en un solo cuadro a la multitud recorriendo a pie y automóvil las calles de la ciudad, al tiempo que destaca a un pequeño grupo de hombres en un techo, y establece así un contraste entre los dos grupos, como si habitaran mundos diferentes.
La famosa foto del Che apareció en pequeño tamaño dentro de un reportaje de la revista Look, y Burri se encargó de describir posteriormente las circunstancias en que realizó su trabajo.
Burri viajó a la Isla junto a  Cartier-Bresson en 1963, los dos con el objetivo de captar imágenes de la revolución cubana y en particular del Che Guevara. Ambos trabajando para la agencia Magnum fueron enviados por las revistas Look y Life respectivamente.
A los pocos minutos de encontrarse con Guevara, en el octavo piso de su oficina en el Hotel Riviera, estalló una fuerte discusión ideológica entre el guerrillero y la periodista que viajaba con Burri, Laura Bergquist.
"No me miró ni en un solo momento", contó luego Burri, pero ello no lo detuvo para aprovechar lo que llamó la "increíble oportunidad “de fotografiar al Che en todo tipo de situaciones: sonriendo, furioso, de espaldas, de frente. "Gasté ocho rollos de película", dijo a su regreso.
También describió a Guevara como “un hombre arrogante, pero con encanto ... Era como un tigre en una jaula”.
Cartier-Bresson, que a su vez captó al Che en otra ocasión durante el mismo viaje, y  quien no solo realizó una foto igualmente famosa sino escribió su experiencia en un libro, dijo del revolucionario que lo percibía como “un hombre violento pero realista”, para agregar: “Un hombre persuasivo y un verdadero anarquista, pero no es un mártir. Uno siente que si la revolución en Cuba resultara aniquilada, el Che reaparecería en otro lugar de Latinoamérica, vivo y arrojando bombas”.


Las fotografías de Guevara realizadas por Burri y Cartier-Bresson, durante la visita de estos a Cuba en 1963, guardan un contraste interesante con la tan famosa imagen del Che hecha por Alberto Korda. Al contemplarlas unidas, las diferencias hacen evidente que lo importante no es el sujeto que aparece retratado, sino la fecha en que son publicadas. La imagen definitiva hecha por Korda, con el encuadre que la hace célebre, estuvo guardada en un archivo por varios años, las otras fueron publicadas de inmediato, aunque su celebridad es también posterior a la muerte del fotografiado. Entre ellas se encierra la distancia que va del hombre al mito.
Esa distancia entre ellas encierra la historia de la revolución cubana. La de Cartier. Bresson nos muestra a un Che jovial y joven —pese a las arrugas prematuras del rostro. El llamativo reloj en el brazo izquierdo, las dos copas y la taza de café al frente contribuyen a humanizar el retrato. Pero es la sonrisa del guerrillero la que nos devuelve a la época en que aún era posible la duda: nada más alejado de las intrigas por el poder, los combates sin escapatoria en la aridez del campo latinoamericano y el empecinamiento en una lucha a muerte que ese argentino —porque la instantánea permite otorgarle una nacionalidad y no perderlo en un símbolo— que mira confiado y risueño a sus supuestos interlocutores.
La foto de Burri es quizá la que mejor capta las características personales del sujeto, un hombre distante y altanero, como lo describió el mismo fotógrafo, que mira desafiante a la cámara. Ese desprecio no es heroico ni revolucionario, es simplemente inherente al individuo. Nos llega a través del lente no solo en la forma de desafío, sino de altanería. Como en las otras dos, demuestra esa fotogenia única que caracterizó al Che.
Si la foto de Korda logra acaparar una eternidad que ahora se resume en camisetas y carteles para turistas y manifestantes tras una ilusión perdida, la de Cartier-Bresson es un documento histórico y la de Burri un reflejo personal. La primera y famosa se identifica con un período convulso, que afectó a todos los países. La otras dos nos devuelven a una época de ilusión en solo una isla; Cartier-Bresson trasmite una mirada triste pero no ese rechazo en blanco y negro que caracteriza a la imagen lograda por Burri.


La fascinación por retratar al Che y a Castro fumando forma de por sí toda una iconografía. Cartier-Bresson, al igual que Korda, tienen fotos de Castro fumando. Todos los fotógrafos cubanos y extranjeros que persiguieron las mismas imágenes repetidas de aquellos primeros años fueron tras actos similares. Incluso el visitante más célebre de entonces. Refriéndose a los “gruesos labios rojos” de Castro, en una descripción cargada de erotismo, Jean Paul Sartre describe que los ha visto “trágicos o coléricos, nunca sensuales —salvo quizá cuando se cierran como un puño alrededor de un largo tabaco generalmente apagado”.
René Burri comenzó a trabajar para la agencia Magnum en 1956. A partir de ese momento cubrió los acontecimientos políticos más importantes alrededor del mundo. Antes había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios de Zúrich y brevemente como asistente de camarógrafo para los estudios de Walt Disney en Suiza. Pero en realidad hasta entonces su mérito más importante se reducía a una foto, del estadista y famoso fumador británico, hecha con una vieja cámara Kodak en 1946. Todo el humo y la gloria estaban por venir.

Ver también:


lunes, 20 de octubre de 2014

El exilio ante la prueba decisiva


Mientras el exilio en Miami continúa empecinado en la bipolaridad castrismo-anticastrismo, quienes rechazan el régimen en Cuba han ampliado sus fronteras, abierto nuevas vías al debate y transformado  el panorama opositor.
Esta transformación ha ocurrido tanto en los terrenos del análisis y la información como en el alcance y la prontitud de las denuncias. Los cambios obedecen a diversos factores —algunos originados por el propio gobierno cubano, otros debido al avance tecnológico y en menor medida gracias a las reducidas modificaciones de actitud hacia el caso cubano en Washington—, aunque todos coinciden en un denominador común: la disminución de la influencia del exilio a la hora de dictar pautas políticas contra el gobierno de la Isla.
Esta evolución puede resumirse en dos aspectos que se complementan: ha pasado de factor beligerante a fuente de suministro; de motivo de preocupación para la Plaza de la Revolución a barraca de visitantes.
También hay dos cuestiones básicas que no deben olvidarse. La primera es que la disminución en la influencia política no se traduce en un movimiento contrario, sino en señal de estatismo. En este sentido se ha sumado a la pasividad reinante en la Isla, donde la actitud de espera define la situación.
La segunda cuestión —e incluso más importante— es que la transformación demográfica dentro del exilio, que a diario repite la prensa, no trae como resultado, de forma automática e instantáneo, un cambio político. Dicho en otras palabras, el fenómeno de los llamados “nuevos votantes” aún no se ha demostrado en las urnas y es posible que por persistencia e incluso —hay que reconocerlo— fervor patriótico, de acuerdo a sus ideales y concepciones, el denominado “exilio histórico” siga conservando un determinado peso político por un tiempo. Aquí, igual que en Cuba, la respuesta final está en manos de la biología.
Como parte de este hecho, nada apunta a que no se mantendrá, dentro del poder legislativo estadounidense, esa tendencia poderosa que apunta al mantenimiento de un statu quo donde la confrontación y el enfrentamiento definen el tablero de juego.
Todo ello lleva a que la actual ofensiva —y no hay que negar tampoco que se está ante una ofensiva en toda regla— en favor de una reformulación de la política estadounidense hacia La Habana en realidad no aspira a lograr un levantamiento del embargo, aunque lo proclame, sino a conseguir un cambio de actitud, otro enfoque y abordaje del problema cubano. Para ello, además, cuenta con un tiempo limitado: los dos años finales de mandato del presidente Barack Obama. El objetivo entonces es aprovechar una ventana, ni más ni menos.
Si de lo que se trata es de lograr un cambio de actitud, que rehúya la bipolaridad, el todo o nada —es precisamente en esos términos que fue dictada la Ley Helms-Burton— y los resultados inmediatos, se requiere entonces un marco de referencia distinto, no solo en la consecución de los objetivos, tarea propia de los políticos, sino en el análisis de los propósitos.
Definiciones y términos
Está en primer lugar el problema de las palabras. Las definiciones y los términos habituales son cada vez menos aptos para establecer posiciones. No es un fenómeno que afecta solo a la situación cubana, pero que en esta ciudad se refleja en dos direcciones, tanto en lo relacionado con la política nacional (estadounidense) como en todo lo que tiene que ver con la Isla. Dos patrias tienen algunos: Cuba y Miami.
De esta forma, los términos derecha, izquierda, reaccionario, revolucionario, progresista y conservador han adquirido nuevos matices, y en ocasiones su empleo emborrona en lugar de aclarar la discusión.
Para comenzar, tenemos a quienes aquí se llenan la boca para afirmar que son conservadores. Esto equivaldría a decir que obedecen a un pensamiento que no se sustenta en un conjunto particular de principios ideológicos, sino más bien en la desconfianza hacia todas las ideologías. Pero en la práctica no es así.
En el mejor de los casos, estas personas no necesariamente están a favor del ancien régime (la dictadura de Batista) y sus iniquidades, ni tampoco proponen una ideología contrarrevolucionaria, sino que al tiempo que advierten contra la desestabilización que ha acarreado las políticas revolucionarias, se declaran a favor de que lo mejor para Cuba hubiera sido una serie de cambios paulatinos —en muchos casos referidos a las costumbres y tradiciones, pero también económicos y sociales— que eran posible alcanzar por otros medios opuestos a la acción política, ya que ésta terminaría por traer el despotismo.
Ese conservadurismo, que podría llamarse tradicional, es al igual punto de referencia de la izquierda, también tradicional, a la hora de identificar al exilio de Miami. Lo que ocurre —y debe repetirse— es que en realidad tal actitud está casi ausente de esta ciudad.
Lo que con los años ha alcanzado mayor resonancia mediática —en la parte más vocinglera y visible de la comunidad exiliada— no es el conservadurismo, sino una actitud ultra reaccionaria.
En muchas ocasiones, en el discurso político y la información periodística, se asocian los términos conservadores y reaccionarios, pero no son sinónimos. Mientras que la clásica confrontación entre liberales[1] y conservadores tiene que ver con los seres humanos y su relación con la sociedad, la disputa ente revolucionarios y reaccionarios se refiere a la historia.
Hay dos tipos de reaccionarios, que pueden coincidir en diversos objetivos, pero difieren fundamentalmente en su actitud hacia el cambio histórico. Unos añoran el regreso a un estado de perfección que ellos creen que existía antes de la revolución (la cual puede ser política, pero también social, económica y cultural). Otros suponen que cualquier revolución es un hecho que no tiene marcha atrás, pero que la única respuesta a una transformación tan radical es llevar a cabo otra similar.
Para referirse al segundo grupo, en la actualidad estadounidense no hay mejor ejemplo que los miembros del Tea Party, unos contrarrevolucionarios que buscan destruir todas las leyes, principios y normas que llevaron a la creación de una sociedad con servicios de seguridad social, asistencia pública y beneficios para los más necesitados, y volver a la época del capitalismo más salvaje de la década de 1920, existente antes del establecimiento del New Deal/Fair Deal de las décadas de 1930 y 1940 y de la puesta en práctica años después del concepto de la Nueva Frontera/Gran Sociedad de los años 60.
En lo que se refiere a Cuba, en la actualidad es correcto catalogar de reaccionario al actual mandatario Raúl Castro, cuyas anunciadas reformas son pocas, superficiales y atrasadas. Pero al mismo tiempo, la parte más visible del exilio —en lo que respecta a la opinión política— se niega a adoptar una posición progresista, y ha acogido con beneplácito la actitud ultraconservadora incendiaria que caracteriza al Tea Party.  En una contradicción política más, estos exiliados adoptan al mismo tiempo la nostalgia retrógrada y la combatividad de Tea Party. Son revolucionarios-reaccionarios.
Sin embargo, entre quienes rechazan al régimen en la Isla no está presente el afán contrarrevolucionario de destruir por completo a la sociedad existente, ni tampoco la vuelta nostálgica a la Cuba de ayer.
Es por ello que junto con esa ya señalada ofensiva en favor de lograr una mayor flexibilización del embargo económico —y aquí el objetivo fundamental es el turismo estadounidense— ya desde antes La Habana estaba enfrascada también en otra.
Dos ofensivas
Esta segunda ofensiva no la lleva a cabo contra los residentes de la isla; no pretende intervenir nada ni nacionalizar negocio alguno; nada tiene que ver con piruetas ideológicas anteriores, como la construcción paralela de socialismo y comunismo; tampoco está interesado, en este caso, en perseguir la bolsa negra y el contrabando. No, lo que quienes mandan en la Plaza de la Revolución quieren es anular el exilio moderado, convertirlo en corderito amaestrado y restarle independencia.
Dos factores explican este intento. Uno es que La Habana se siente cómoda con la bipolaridad política que hasta ahora ha definido al exilio. Otra es el fracaso de Raúl Castro como proveedor de alimentos y en general de bienes de consumo para la población.
Si a  esto se une la incertidumbre sobre el futuro del suministro de petróleo venezolano, es lógico que los ojos del gobernante cubano se vuelvan hacia el norte, Estados Unidos y el exilio de Miami, en busca de fondos para la supervivencia.
En este sentido es también claro el tan comentado editorial de The New York Times, que en última instancia encuentra su justificación mayor en evitar una situación de caos y violencia a 90 millas de las costas de EEUU.
El problema es que el régimen castrista decepciona a diario.
No a los exiliados.
Exilio y supervivencia
Quien se marchó de Cuba más o menos voluntariamente trajo la decepción con su salida. Sin embargo, para los que optaron permanecer en la isla, o se han visto obligados a ello, no hay la más remota esperanza de mejoría.
En la actualidad, la ideología del régimen cubano se limita a la supervivencia. Y es precisamente a esta ideología a la que se sacrifica todo no por una cuestión de pureza sino de mando— a la que La Habana apela para intentar dictar pautas sobre el exilio. No sobre el exilio histórico, que por regla general ya no tiene familiares en la isla, sino sobre quienes han llegado en las dos últimas décadas. A cambio no está dispuesto a concesiones o cambios, sino a lanzar migajas.
Por supuesto que el esfuerzo ahora no es convertir a los exiliados moderados en marxistas, comunistas o socialistas esto quedó atrás y nunca tuvo mucho sentido en Cuba sino en nacionalistas. La definición nacionalista que La Habana aplica en este caso cumple un uso operativo: subordinación a los dictados de un régimen del que se ha escapado al llegar al exilio.
En primer lugar hay una farsa legal. Si la actual constitución cubana, en lo cual sigue las pautas de la Constitución de 1940, no admite la doble ciudadanía ―y fundamenta que una vez que un cubano adopta una ciudadanía extranjera pierde automáticamente la cubana―, carece de sentido jurídico que al mismo tiempo se exija a los que se han nacionalizado estadounidenses, pero nacieron en Cuba, que tengan que entrar a la isla con un pasaporte cubano.
En segundo una mezquindad política. La no satisfacción con la forma de proceder de un sector del exilio, con algunas de las normas existentes en el trato del gobierno norteamericano hacia la isla, o con la actuación de los congresistas cubanoamericanos, implica necesariamente el convertirse en coro o cotorra a favor de la libertad de “Los Cincos”.
El gobierno cubano no solo ignora la independencia política, sino la desprecia. No está dispuesto a un diálogo serio y abierto con quienes viven en el exterior. Se limita a reuniones ocasionales, con mucha publicidad y pocos resultados.
Sin el exilio
Así que en los términos en que se plantea actualmente toda la discusión sobre un reordenamiento de la política estadounidense hacia La Habana, el exilio —y especialmente el exilio de Miami— queda eliminado por partida doble o triple.
Está eliminado porque en los términos en que aún se define el sector con mayor poder político y económico marchan a la zaga del momento actual. Y por ello es que es posible el intento de circunvalación en su contra que se lleva a cabo, para así dejarlo a un lado. No estamos ante un enfrentamiento sino ante una exclusión.
Queda a un lado porque lo que sería su definición mejor, como un núcleo orgánico y realmente conservador en sus fundamentos siempre ha eludido esa naturaleza, aunque a veces la proclamara, y siempre ha preferido suscribirse a patrones que le resultan dañinos a sus objetivos, desde el declarase verdaderos revolucionarios hasta identificarse con las fuerzas más reaccionarias.
Ha sido desestimado por la incapacidad del sector más moderado a la hora de establecer una posición independiente, equidistante tanto de Washington como de La Habana, e incapaz de imponerse en asuntos concretos y cotidianos.
Para una ciudad donde a veces el clima político alcanza una intensidad fuera de lo normal, en que puede resultar difícil permanecer ajeno, el futuro puede deparar una gran frustración para muchos o algunos. Pero no para todos. Más bien caer de bruces en la realidad. Aunque nadie sabe. ¿Y si Fidel Castro muere esta noche? Creer en ello puede resultar un buen antídoto ante el desvelo. No se lo recomiendo.



[1] El término liberal está empleado en este artículo en su acepción clásica de doctrina política y económica, tal y como fue planteada por John Stuart Mill y se usa en Europa; definió las luchas políticas en buena parte de los siglos XIX y XX en Latinoamérica; así como caracterizó en buena medida la contienda política en Cuba durante la primera mitad del siglo XX. No tiene que ver con esa especie de nombrete que gustan repetir en la radio de Miami, y en general en la prensa republicana, donde liberal es  sinónimo de socialdemócrata, fabiano, comunista o el mismo diablo.